Hay renovaciones que no nos llevan hacia delante de inmediato, sino que nos obligan a mirar atrás. A entender, de golpe, que aquello que dábamos por ganado era mucho más frágil de lo que parecía. Así nos lo ha hecho ver esta semana la renovación del Gran Premio de Aragón de MotoGP en Motorland, que nos ha dejado una alegría tremenda, sí, pero también una advertencia. Aragón estará en el Mundial en 2027 y, desde 2028 hasta 2031, quedará como circuito reserva. Seguimos dentro, aunque con la alerta del que sabe que no todo está logrado, ni mucho menos. Y eso, aunque asuste, también ayuda porque obliga a mejorar, a mantener la ilusión y a no perder de vista aquello que consideramos valioso.

Si una lo piensa bien, la renovación nos devuelve al origen y crea de forma mágica una historia circular. En 2010, Motorland entró en el calendario sustituyendo a Hungría, que no pudo llegar a tiempo. Ahora, de nuevo, Aragón ocupa el hueco que deja la cita húngara. La vida, cuando quiere ponerse literaria, nos devuelve estos regalos. Otra vez, ¡qué cosas!, nos lleva a la raíz, a ese lugar que solemos olvidar cuando las cosas van bien.

Durante años vivimos en una burbuja justificada. Teníamos uno de los entornos mejor valorados, un circuito increíble, diseñado por los mejores, cuidado, con respaldo social e institucional; un Gran Premio consolidado, de impacto económico y prestigio. ¿Cómo no íbamos a confiar en que se sostendría solo? Pero confiarse demasiado también adormece... y lo valioso no se conserva solo. Hay que cuidarlo incluso cuando parece fuerte, quizá sobre todo entonces.

Me dirán que sucede ídem de ídem en la vida personal. Y sí, una cree que renovarse consiste en cambiar de piel, de hábitos, de paisaje. Pero la renovación verdadera no empieza en la superficie, sino en entendernos. Volver al origen no es retroceder, sino preguntarse quiénes somos, qué queremos proteger y qué hemos dado por seguro con una ligereza casi temeraria. El mundial de motociclismo no puede vivirse solo durante el fin de semana del Gran Premio. Hay que trabajarlo todo el año, conectarlo con Motorland, con Technopark, con las infraestructuras pendientes y con una oferta capaz de generar actividad más allá de la carrera. Parece obvio, pero después la inercia hace de las suyas.

Dándole vueltas, me doy cuenta de que la palabra renovación no solo resonaba estos días en Motorland. También pesa, y mucho, en Andorra, donde la transición energética prometió un futuro nuevo sin haber asegurado del todo el suelo bajo los pies. Dejar atrás el lignito, cerrar la térmica y avanzar hacia lo verde era necesario. El problema fue el cómo; con un camino caótico, con bases ambientales, burocráticas y sociales mal asentadas. La reducción del Nudo Mudéjar ha puesto sobre la mesa la evidencia de que no se puede derribar una casa sin haber preparado otra donde vivir. Ver hundirse la térmica fue como ver caer una torre de Babel. No porque aquel mundo pudiera seguir intacto, sino porque se desplomó demasiado deprisa una parte de nuestra identidad. Y ahí seguimos, reconstruyendo.

Renovarse o morir, dicen. De acuerdo, pero cuidado. Renovarse no puede significar olvidar. Solo se avanza de verdad cuando uno sabe de dónde viene.

Eva Defior. Sexto Sentido