Tenía cuatro años cuando se produjo el eclipse solar total de 1999, que alcanzó su máximo esplendor sobre los Cárpatos, en mi Rumanía natal. Estaba en una cama de hospital, en reanimación, acababa de salir del quirófano. El recuerdo de mi madre de aquel fenómeno extraordinario es el de una sala fría e inhóspita, ajena a todo, cogiéndome la mano cuando la oscuridad se coló por la ventana. Sin planes con amigos, ni ilusión, ni gafas homologadas… Sin mirar al cielo porque la vida no siempre nos permite detenernos en este mundo desenfrenado de urgencias y prisas.
Veintisiete años después, otro eclipse solar total ha cruzado mi vida. Esta vez, desde Aragón, un lugar privilegiado del planeta que ha recibido visitantes de más de 80 nacionalidades para vivir este momento único. Pero mientras unos levantábamos la mirada hacia el cielo, otros vivían este histórico 12 de agosto desde una cama de hospital, una residencia, una habitación en soledad o atravesando un momento difícil. Quizás lo extraordinario de esto ha sido también algo que muchas veces damos por sentado: la suerte de estar.
Nuestro medio rural, tantas veces olvidado, esta vez ha sido el escenario predilecto para un acontecimiento de masas. Nuestros pueblos y paisajes demostraron su capacidad para acoger una movilización extraordinaria y convertir, durante unas horas, el territorio cotidiano en un lugar excepcional. No sin el compromiso de todos los profesionales que lo han hecho posible: sanitarios, bomberos, policías, voluntarios y trabajadores de emergencias, carreteras y hostelería...
En un mundo que nos exige correr constantemente, detenernos puede ser un privilegio. Mirar al cielo, compartir el asombro con nuestros seres queridos y recordar que, pese a todo, estamos aquí. Para mí este eclipse ha sido también una de las formas más extraordinarias de agradecer que estamos vivos.
Iulia Marinescu

