A raíz de leer un artículo de El País sobre la proliferación de los llamados «bloques o edificios cebra», he empezado a verlos por todas partes (y ahora usted también lo hará), y he sido más consciente del camino que estamos tomando hacia un mundo sin vida, sin personalidad, sin color.
Y no me refiero solo a la contaminación que tiñe de gris nuestras ciudades, sino a esa uniformidad arquitectónica que están tomando las urbes, especialmente en España.
La globalización arquitectónica está arrasando con el alma de nuestros barrios. Donde antes había fachadas que hablaban, balcones que contaban historias y portales con nombre propio, ahora solo quedan superficies lisas y fachadas prefabricadas. Los materiales nobles han sido reemplazados por paneles impersonales, las texturas por el plástico, el detalle por la rapidez. La arquitectura clásica se ha convertido en un lujo nostálgico, en algo destinado para grandes sedes, para museos y teatros. Ya nadie construye pensando en la memoria, en la belleza, sino en la eficiencia.
Como señalaba El País, vivimos en la era del «fast food inmobiliario»: casas rápidas de levantar, fáciles de vender e imposibles de recordar.
Lo pensaba ayer, mientras viajaba en autobús por el centro de Madrid. Desde la ventanilla, la ciudad parecía desplegar un catálogo de su historia: los carteles luminosos del Edificio Carrión en Gran Vía, el majestuoso Palacio de Cibeles presidiendo la plaza, la sobria elegancia del Banco de España, los palacetes de Recoletos… y, sobre todo, el Edificio Metrópolis, brillando en la confluencia entre Gran Vía y Alcalá. Esa cúpula negra y dorada, coronada por la Victoria alada, sigue pareciendo un guardián de la ciudad, un recordatorio de que la belleza no necesita prisas ni algoritmos.
Laura Quílez. En busca del tiempo perdido


«Ya nadie construye pensando en la memoria, en la belleza, sino en la eficiencia.»
Se puese construir pensando en la memoria y en la belleza y a la vez, y es deseable, en la eficiencia.