Ser ama de casa antes era un trabajo muy común entre las mujeres. Era una labor que no tenía sueldo, pero era muy importante. De nosotras dependía que la casa funcionara bien cada día, algo que hay que valorar, igual que se hace cada año en el Día de Santa Águeda.
Recuerdo cómo se hacía el pan en casa. Por la noche se amasaba la levadura con sal; por la mañana se volvía a amasar y se dejaba reposar. Se utilizaba una parte para hacer pan y otra para hacer masa madre, la cual se apartaba en un recipiente para otro día. Cuando era día de fiesta también se utilizaba una parte de la masa para hacer «tortetas» en la sartén. Era algo que me gustaba mucho y todos en casa lo disfrutábamos.
No teníamos lavavajillas, llevábamos la vajilla al río, donde la lavábamos arrodilladas en el suelo. Yo era pequeña cuando iba, pero lo pasaba bien. Una anécdota muy graciosa es que el molinero nos soltaba el agua y nos hacía correr porque si no la corriente se nos llevaba la vajilla. ¡Menudos sustos nos pegábamos!
Tampoco había lavadora. Para lavar la ropa íbamos al río o al lavadero. El día de antes se ponía a remojo. En caso de tener la menstruación, las compresas no eran de usar y tirar como ahora, sino que eran reutilizables; entonces, cuando íbamos al río nos teníamos que poner a parte para lavarla. El lavadero, situado a la salida de la glorieta, era un lugar muy importante. En un lado se lavaba y en otro se aclaraba. El agua solía salir un poco calentita en invierno y muy fresca en verano. Allí también se lavaban los colchones y cosas grandes que no se podían lavar en casa y a veces se lavaban ropas de enfermos.
Además de ser un lugar de trabajo, también era un sitio donde las mujeres charrábamos y nos dábamos consejos, algo que hoy se sigue haciendo en la Asociación de las Amas de Casa.
La limpieza de la casa se hacía arrodillada y con trapos viejos. Se hacía también jabón blando casero para lavar todo. Era un trabajo duro y constante, pero las casas siempre quedaban limpias y ordenadas.
La alimentación era sencilla, se comía mucha legumbre a fuego bajo, verdura y patatas, que era lo que había. También mucho adobo de las matanzas guardado en las «parretas» para conservarlo. Todo era muy casero, natural y de temporada. Había huertas de las que ocuparse: regar, quitar malas hierbas y recoger las verduras y frutas según la estación. Siempre había algo fresco para cocinar. Nada se desperdiciaba, lo que sobraba era para los animales o para el siguiente día.
Santa Águeda era y sigue siendo un día muy importante. En la Asociación de las Amas de Casa la junta se encarga de organizar distintas actividades. Primero vamos a misa en honor a la santa por la mañana, y acudimos casi todas, incluso las que no son socias. Nos bendicen el pan y después vamos a desayunar chocolate con churros.
Quien quiere se apunta a la comida que solía celebrarse en Meseguer, en Hotel Senante… A la hora del café se come el famoso pastel de ese día: «la tética de Santa Águeda». Por la tarde ponemos música, bailamos o incluso hacemos algún bingo. Nos lo pasamos muy bien.
En resumen, el Día de Santa Águeda es un día especial para las amas de casa.
Recordamos todo el trabajo que hemos hecho a lo largo de nuestra vida.

