Los nombres de las calles surgieron de manera espontánea tal como fueron creciendo los municipios. Las primeras menciones fueron orales y, en Valderrobres, solo encontramos anotaciones esporádicas desde finales del siglo XVI. Fue en la primera mitad del XVIII cuando la Iglesia comenzó a registrar listados de calles, casa por casa, para completar el libro de cumplimiento pascual. Ya en el XIX, el Ayuntamiento hizo suyo ese listado y lo utilizó de manera oficial. En definitiva, según atestiguan documentos notariales, eclesiásticos y municipales, las calles fueron bautizadas en el siglo XVIII y mantuvieron su nombre prácticamente intacto hasta la II República.

La calle Mayor era la calle mayor, la calle del Medio era la del medio, la calle del Remedio era la del remedio y así sucesivamente, por motivos obvios: una era la más importante, la segunda atraviesa la mitad del casco histórico y la tercera daba la salida que no tenía la calle de la Amargura. Lo que convertía a esas y otras calles en parte de nuestro patrimonio inmaterial, al mismo nivel que puedan estar los juegos tradicionales, el folklore o el idioma.

Pero… llegó la política y se aplicó la ideología. Con la II República se produjo una sustitución de los nombres tradicionales por personajes vinculados al republicanismo, como Pi Margall, Galán y García Hernández, Salvador Seguí o el bandolero Chafandín. El franquismo no se quedó corto y exaltó a sus líderes y héroes: Franco, José Antonio, Calvo Sotelo, Queipo de Llano, Mola y Sanjurjo, y dio un toque nacionalista con calles como Numancia, Don Pelayo, Covadonga, Bailén, El Cid, Viriato

La democracia se limitó a sustituir los nombres que identificaban a líderes franquistas, pero sin volver al nombre tradicional, salvo en dos casos: la calle de La Paz y la llamada calle del Baile, con el agravante de que esta última denominación fue fruto de un estruendoso error, puesto que se quiso retomar el nombre tradicional y no escrito de «carrer del vall», que lamentablemente suena como «ball», confundiendo valle con baile y generando una verdadera ofensa a nuestro patrimonio inmaterial.

La solución es fácil: olvidarnos de las injerencias políticas y retomar los nombres históricos con el compromiso de todos los grupos de no alterar esos nombres por cuestiones ideológicas.

Manuel Siurana. Tierra de frontera