Alcañiz vive estos días a dos velocidades. Una supera los 300 kilómetros por hora. La otra sigue esperando la A-68. La paradoja tiene algo de normalización y por eso quizá ya no nos escandaliza lo suficiente. Hemos levantado en Motorland uno de los grandes complejos del motor de Europa, somos capaces de organizar un Gran Premio que coloca el nombre de Aragón en medio mundo y, sin embargo, seguimos llegando hasta él por una carretera que lleva décadas convertida en promesa electoral, reivindicación empresarial y paciencia colectiva.
Defendemos Motorland precisamente porque debería ser mucho más que MotoGP. El Gran Premio es formidable, pero no puede convertirse en esos tres días luminosos que justifican el resto del calendario. Alrededor del circuito debería haber más empresa aragonesa, más investigación, más formación, más industria y, sobre todo, más territorio sintiendo el proyecto como propio. No como algo que ocurre allí arriba, detrás de las rotondas de la ciudad, cuando llegan agosto y las motos.
Motorland no apareció por generación espontánea ni es una isla. Nació de una identidad construida alrededor del viejo circuito urbano, de aquellas carreras que salían adelante porque un pueblo entero empujaba, arrimaba el hombro y conseguía hacer grande lo pequeño. Esa memoria es parte del patrimonio y también del futuro. Deberíamos dignificarla, contarla, volver a ilusionar con ella. Resulta difícil explicar que Alcañiz ni siquiera tenga un museo capaz de narrar su historia del motor.
Quizá por eso chirría todavía más la escena de estos días. De aquella épica colectiva hemos pasado a ver al alcalde y al teniente de alcalde braceando por la plaza, intentando resolver sobre la marcha un dispositivo extraordinario de tráfico y seguridad con 14 policías locales de baja y buscando respaldo en la Guardia Civil.
La imagen tiene algo de Berlanga, pero en realidad hay poco espacio para la comedia. No sabemos qué hay detrás de cada baja y sería irresponsable jugar a médicos o detectives. Ahora bien, que casi de golpe una plantilla quede reducida a mínimos en el fin de semana más exigente del año abre una grieta que va mucho más allá de un conflicto laboral. Una cosa es reivindicar condiciones dignas y otra que el servicio público parezca descubrir su fragilidad justamente cuando más falta hace. Puede llamarse coincidencia, puede llamarse conflicto. Pero, desde fuera, resulta difícil no pensar que el compromiso también debería cotizar entre las obligaciones del puesto.
Quizá esa sea la cuestión. Motorland es un espejo que nos devuelve la imagen de lo que Aragón sabe hacer cuando concentra recursos, ambición y voluntad. Pero también señala los puntos en los que seguimos perdiendo tiempo por vuelta con carreteras pendientes, oportunidades empresariales todavía tímidas, servicios públicos tensionados y esa facilidad nuestra para celebrar el éxito sin terminar de construir alrededor de él.
Porque esta es también una asignatura pendiente, aunque llevemos demasiados cursos fingiendo que no entra en examen. Hay que dejar de hablar de Motorland como si fuera un asunto de Alcañiz y los bajoaragoneses. Su dimensión obliga a pensar en Aragón entero; en sus empresas, su industria y en quienes deciden dónde invertir y dónde crear futuro. Un proyecto así no puede sostenerse únicamente con presupuestos públicos y un Gran Premio al año. Necesita que Aragón se lo crea también cuando no hay cámaras mirando. Las motos pasarán deprisa. Lo importante es que, cuando se hayan ido, no sigamos nosotros en el mismo sitio.
Eva Defior. Sexto Sentido


Pones en evidencia la asimetría de Motorland: un gin de semana a 300 y el resto del año a 90.
Se nos ocurren muchas cosas que hacer, pero como nadie las va a escuchar, seguiremos con esta indignación pasiva de dejar pasar el tiempo sin hacer nada.