Los ochenta fueron años intensos, de excesos y contrastes. Una de las frases que más se repetía era «hay que probarlo todo», y en eso nos metimos. Las drogas camparon a sus anchas: el hachís, el LSD, el popper, las anfetas y el caballo estaban en todas partes y, al mismo tiempo, la cultura y los movimientos sociales eclosionaron. El SIDA mató.

La lista de novedades era impresionante; algunas de ellas aún nos rodean y otras se quedaron atrás o han ido perdiendo importancia. Por ejemplo, actrices como Susana Estrada, Bárbara Rey o Nadiuska, junto a Esteso y Pajares, cosecharon un gran éxito, pero la década los devoró. Por otro lado, Carmen Maura, Victoria Abril, Verónica Forqué, Imanol Arias o Antonio Banderas, surgieron y permanecieron como referentes del cine y la cultura popular.

La vida pasó del gris al Technicolor y nos enamoramos de las SL 72 que llevaba Starsky y de su Gran Torino; nuestras calles se llenaron de cochecicos de currelas tuneados con aquella franja blanca. Intentábamos imitar los andares de Tony Manero; también deseábamos tener sus slips negros y fumar Marlboro, símbolos de moda y referentes televisivos.

Aparecieron El Víbora y Cairo; entraron en nuestro ideario el Makoki, Anarcoma o Peter Pank. Superlópez también molaba. Me hice muy fan de Gustavo; me parecía un tipo genial por su nariz y por su forma transgresora de vivir la vida. Más tarde salió Cimoc con unos dibujos e historias flipantes: Manfred Sommer, Rubén Pellejero, Alfonso Font con Clarke y Kubrick, Moebius, Rosiński o el trazo erótico de Hugo Pratt y su Verano indio, reflejo del auge del cómic y la creatividad gráfica.

Aquel sábado, como tantos otros, nos fuimos a tomar unas cervezas y a fumarnos unos petas detrás del Casino; después nos dirigimos al casco viejo, nos comimos un frankfurt y seguimos tomando cervezas. Hacía un frío que pelaba, ya casi no nos quedaba guita, tampoco gasolina en el carro. Aunque llevábamos nuestras camperas, las chupas de cuero y unas bufandas que casi nos llegaban hasta los pies, el frío jodía, marcando una noche de juventud y precariedad.

Teníamos doscientas pelas entre los dos y pocas opciones. Una era poner gasofa y pirarnos a nuestras kelis; otra, gastarnos las doscientas pelas en birra y volver a pata los cinco kilómetros de camino. Había una tercera opción: Las Rejas; si teníamos suerte, podríamos pillar gasofa y tomarnos algunas birras más, una decisión marcada por la necesidad y el azar.

Llegamos a la barriada Mion; enfilamos aquella calle sin nombre, sin asfaltar y sin luz municipal; solamente al fondo se divisaba aquella tenue bombilla que indicaba que el bar Las Rejas estaba abierto. En la puerta, hiciera frío o calor, siempre había un vigía fumón. Entramos en el garito y agradecimos el cambio térmico. Pedimos un quinto para beberlo a medias; nos pusimos detrás y dejamos pasar un par de rondas para calibrar por dónde podía andar la suerte aquella noche. En el blackjack la suerte es necesaria. Nos decidimos por el tipo de las gafas y dejamos a su lado las doscientas pelas: si gana, volvemos a salir de marcha; si no, pues a pata, confiando en la suerte y el juego.

Puta crisis.

Coco Balasch. Asomado a mi ventana.