Hace un porrón de años, a dúo, junto a Joaquín Carbonell, fuimos a tocar unas cuantas canciones en una entrega de premios. Creo recordar que fue en un teatro de la CAI, que estaba (o está) en el Paseo de la Independencia de Zaragoza. Era por la mañana y no tenía con quién dejar a mi hija Maria, que por aquel entonces no tendría más de siete años.

La cosa es que me la llevé al bolo y, claro, mientras yo tocaba no sabía qué hacer con ella: era demasiado pequeña para dejarla sola en el camerino o entre el público. La única solución que se me ocurrió fue dejarla sentada en una silla, en una esquina del escenario, en un lugar desde el que yo pudiera verla y el público no.

Viéndome apurado, una chica que compartía camerino con nosotros se prestó a estar con ella mientras yo tocaba.

David Marqueta, que presentaba el evento, nos dio paso; tocamos un par de canciones y dejé a Maria en compañía de aquella chica. Al volver al camerino las vi a las dos sentadas en un escalón, hablando de sus cosas. Aquella chica era muy amable, simpática y paciente; Maria, de pequeña, hablaba mucho.

Al rato, David Marqueta llamó al escenario a los premiados, entre ellos a la chica que había cuidado de Maria, que resultó ser actriz: se llama Lluvia Rojo. También estaba Álex Angulo. Los dos me parecieron personas extraordinarias, dulces y sencillas. Guardo muy buen recuerdo de aquel día.

Cuando acabó el acto, Maria y yo nos fuimos a casa en taxi. El taxista era un señor al que siempre llamaban para traslados dentro de la ciudad; ya no sé su nombre, solo recuerdo su marcado acento extranjero y su buen rollo. Llegamos a casa, descargué el contrabajo y nos fuimos a comer al Salvatore.

He de decir que David Marqueta también es una persona muy maja. Yo, de jovencito, había ido varias veces a tocar a su pueblo; aún guardo la imagen de aquel pequeño Marqueta delante del escenario, sin quitarle ojo al batería. Creo que David quería ser batería, pero la vida le llevó a comunicar de otra manera.

En esta sociedad tan competitiva, donde el odio está tan presente, donde se idolatra al que gana y se justifica cualquier manera de llegar el primero, como muestra esta historia, también son muchas las personas amables y de buen corazón que te vas encontrando.

En este espacio, a lo largo de este año, hablaré principalmente de personas que conocí en algún momento de mi vida y que se me hicieron importantes o que, simplemente, por algún motivo —en ocasiones no demasiado claro— se quedaron en mí. Algunas de ellas tuvieron su momento de popularidad y quizá alguno de vosotros las recordéis. Solo hablaré de las más «normales» y majetas. De las que no cumplieron estos requisitos no hablaré. ¿Para qué?

Coco Balasch. Asomado a mi ventana.