Cada mañana, mientras el café humea y las notificaciones nos entretienen con trivialidades del «primer mundo», las pantallas nos muestran una realidad que debería paralizarnos como sociedad: un genocidio. En medio de un mundo cada vez más aturdido, que a ratos me parece inverosímil, un informe independiente de Naciones Unidas nos ratifica lo que llevamos meses viendo por televisión.

Mientras tanto, algunos desvían la atención con frases como «solo se habla de Gaza», como si reconocer una masacre implicara ignorar otros sufrimientos en otros tantos lugares. No seré yo quien entre en ese debate, ni quien describa el horror que sufre la población palestina, tan lejana y cercana a la vez… En esta humilde columna quiero hablar desde mi humanidad.

Telediario tras telediario, el horror no cesa, retratando lo peor del ser humano y de sus mecanismos de poder. Y aun así, parece que gobiernos y sociedades necesitamos de una validación oficial para sentir empatía, nombrar las cosas por su nombre y atrevernos a pronunciar lo innombrable... El horror al que han condenado a la población palestina (tan lejana y cercana a la vez) se ha vuelto habitual en nuestra rutina acomodada, con nosotros como espectadores remotos e involuntarios.

¿Por qué en nuestros parlamentos e instituciones incluso el sufrimiento ajeno se convierte en ruido de fondo superfluo y lamentable? Ni sobre lo más terrible se puede tener un consenso.

Pero en medio de esta anestesia colectiva, los gritos de ciudadanos anónimos y colectivos sociales por los derechos humanos intentan hacerse oír para hacer algo, aunque sea eso… Ante una comunidad internacional dividida e incapaz de reaccionar. Aunque parezca poco ante la magnitud de la barbarie, salir a la calle y denunciarlo es un gesto que quizás salve la dignidad de nuestro siglo.

Recuperar la sensibilidad es una urgencia moral. No estamos ante una «tragedia geopolítica», sino ante un espejo que nos muestra lo que estamos perdiendo como humanidad.

Iulia Marinescu. Sin más