Custodiar es proteger. Significa cuidar y salvaguardar, por ejemplo, la seguridad... pero también la confianza, la convivencia, el compromiso y, por supuesto, la parte intangible de algunas profesiones que no viene desglosada por horas.
El Santo Ángel Custodio, patrón de Alcañiz, recorrió las calles en procesión ayer sin los policías locales que durante años habían llevado a hombros a su patrón. Esta vez tuvo que hacerlo El Cachirulo. Hasta la devoción tiene tarifa últimamente. Es tremendo. Llevamos semanas hablando de bajas médicas, turnos, refuerzos y dinero en la plantilla de la Policía Local de Alcañiz. Entre una veintena larga de agentes, ni un voluntario para portar al Santo Ángel. En MotoGP llegaron a coincidir 14 bajas y durante estas fiestas apenas seis policías están disponibles para patrullar. Tan ajustado está el servicio que incluso se planteó buscar refuerzo para cubrir la portería de la sede compartida con la Policía Nacional y garantizar funciones tan básicas como abrir y cerrar el acceso para tramitaciones de DNIs.
El lío viene desde que el Ayuntamiento ha decidido frenar un sistema de horas extraordinarias que llegó a costar más de 250.000 euros el año pasado y en el que algún agente llegó a percibir más de 30.000 euros anuales solo en extras.
Aunque una baja médica no debería admitir dudas ni ironías, cuando semejante volumen de ausencias coincide con un conflicto abierto por las horas extraordinarias, con agentes que han dejado de asumir refuerzos voluntarios y con servicios esenciales funcionando al límite, no es responsable que miremos hacia otro lado. Esta huelga encubierta es indignante para muchos ciudadanos. Al igual que también debería responder el Ayuntamiento, que durante años sostuvo con horas extras lo que tendría que haber resuelto con plantilla, previsión y organización. Es cómodo convertir lo excepcional en costumbre si es mediante el talonario de lo público, hasta que alguien decide revisar la factura.
En MotoGP, en fiestas, en una emergencia o en cualquier gran acontecimiento, hay mucha gente que realiza esfuerzos extraordinarios para que todo funcione. Trabaja más horas, renuncia a tiempo personal, se adapta y entiende que determinados momentos exigen algo más que mirar el reloj, que están asociados a nuestros derechos y también hay urgentes obligaciones. Nadie plantea que el trabajo deba regalarse. Faltaría más. Pero tampoco debería hacer falta abrir una hoja de cálculo para medir cada gramo de compromiso.
Urge repensar la vocación de la función pública y sus límites. Cuando un conflicto laboral se convierte en un abuso que afecta a los servicios públicos esenciales durante tanto tiempo deja de custodiarse también algo esencial, la ejemplaridad y la confianza en el servicio. Y si hablamos de seguridad pública, quienes pagan esta situación no están sentados en la mesa de negociación. Somos todos los demás.
Hay profesiones que trascienden el mero cumplimiento laboral. Un policía no solo custodia calles, sino que es garante de la seguridad que inspira su uniforme, la tranquilidad de quien espera encontrarlo cuando algo ocurre y la idea de servicio que acompaña a una autoridad pública. Por eso lo de ayer, la ausencia portando al Santo Ángel, es un plantón tristemente simbólico que, por suerte, tuvo una solución solidaria y ciudadana.
El Santo Ángel Custodio encontró otros hombros, los del Cachirulo, siempre ligado a nuestra identidad. El peso que debía recaer sobre los propios policías, por lo visto, era insoportable para la voluntad de esa mayoría de la plantilla que sigue de baja por enfermedad. Cuando hasta portar al patrón depende de una tarifa festiva... deberían saltarnos todas las alarmas. ¿Cuánto pesa el compromiso por construir juntos sin esperar algo a cambio? Es que el peso del interés general, que, bien visto, pesa mucho ciertamente. Suele inclinar la balanza de las vidas con propósito.
Eva Defior. Sexto Sentido

