El habla popular es siempre un pozo de sabiduría. El pueblo inventa palabras y frases que se acomodan perfectamente a los conceptos que representan, sin importar la etimología, la gramática o la corrección sintáctica. El habla popular es un ejemplo de utilidad, sentido común y muchas veces de ingenio creativo.
El lenguaje popular, y tanto más la entonación, definen territorios. Me gusta porque rompe reglas y normas gramaticales y se originan palabras o modismos que solo entienden los allegados. Nace de la espontaneidad y es un pegamento social entre los hablantes. El mundo, hoy tan global, va destruyendo estos reductos de diferenciación que dan identidad al usuario sin hacer mal a nadie.
Cada localidad del Bajo Aragón tiene sus peculiaridades idiomáticas y palabras exclusivas. Cuando en mi pueblo hay alguien que habla sin fundamento y dice banalidades, le llaman «desucau», y si tiene pocas picardías, «milorcho» y a quien le falta un tornillo, «barrenenco». El uso de estas palabras forma parte de la seña de identidad de los caspolinos.
Últimamente observo el uso exagerado de la expresión «…lo siguiente». Tanta lluvia es más que mala, es… «lo siguiente». Esta torta de balsa es más que buena… es «lo siguiente». O sea que «lo siguiente» igual puede indicar superlativo en sentido positivo que negativo.
Gramaticalmente, ya se sabe, las formas superlativas de adjetivos y adverbios son múltiples. Recordamos de la escuela: bueno, mejor, óptimo y malo, peor, pésimo. Y añadiendo otros sufijos como «ísimo» o «érrimo» se forman muchos otros superlativos (por ejemplo: panorama tristísimo a pesar del Compromiso celebérrimo).
El uso de la locución «…lo siguiente» no es solo propio del Bajo Aragón, sino que lo es hoy de toda España, incluida Cataluña. También los territorios elaboran sus propios superlativos. Sin ir más lejos, aquí para mejorar lo bueno decimos: bueníiiiisimo, puta madre y delicau.
Esto no es vulgarismo, ni localismo ni baturrismo, es… «lo siguiente»
Miguel Caballú. Cartas a Abel

