Paso unos días en Caspe para disfrutar del viejo ruido de la Feria y lamentar el nuevo ruido del cementerio. La primera obligación diaria es acudir a la Tertulia Genarin en el Bar Plazza, que es como un aula universitaria para mayores, a los que ahora los pijos llaman «crujientes».

La tertulia es un grupo de sabios de lo cotidiano, especialistas en lo general. Y como Goya, pasados los ochenta, con ella aún aprendo, sobre todo de temas locales. Es un ambiente propio para los que decimos «ceremilleta», «toré» o «beturracio».

Madrugamos. Hoy al alba, todavía con niebla y ojos casi legañosos, se ha hablado de animales. Especialmente de la interpretación de la Ley 7/2023, de 28 de marzo, de protección de los derechos y el bienestar de los animales. No tienen muy claro mis compañeros las excentricidades que se hacen en su nombre, basadas en lo que indica su preámbulo: «Cada día resulta más evidente en España la creciente sensibilización de la ciudadanía ante la necesidad de garantizar la protección de los animales en general y, particularmente, de los animales que viven en el entorno humano, en tanto que seres dotados de sensibilidad cuyos derechos deben protegerse».

Estamos en un mundo con cada vez más derechos y menos obligaciones. Parece que un amigo no conseguía que el Ayuntamiento le llevase agua corriente a su torre, hasta que ha puesto media docena de gallinas y, tras «minucioso expediente», las titas y sus dueños ya tienen agua.

Otro ha sufrido inspección en una cuadra hecha para alojar a su burro, para que el animalico tuviera buena ventilación… y con la ventana hacia el sol de mediodía. Uno dice que a los perros de caza se les reconoce en algunos aspectos la condición de «trabajadores de campo» para obtener ayudas. Y otro dice que se puede conseguir una subvención o pensión si te haces cargo de cuidar algún perro viejo de los que han servido a la patria colaborando con la Guardia Civil, cosa no extraña en estos lares que tanto huelen a hierba.

Entonces se ha desviado el tema hacia nuestros «semejantes» cerdos, que tienen problemas para hacer caca porque en este término municipal de 53.000 Ha. falta tierra o espacios físicos para eliminar sus purines. ¡Señor!

La gente tiene miedo a la llegada de la Inteligencia Artificial, aunque al paso que vamos habrá que temer también el aumento de los derechos de los animales. O lo que es peor: habrá que temer a los humanos animales poco inteligentes. O sea, como siempre desde que el mundo es mundo.

Miguel Caballú. Cartas a Abel