Como si no hubiera ya suficiente crispación política en España, esta última semana hemos presenciado en Valencia un episodio que vuelve a reflejar el abismo entre los ciudadanos y quienes supuestamente nos representan.

Desde hace tiempo he procurado mantenerme lo más objetivo posible ante la realidad política, pero cada vez resulta más evidente que esto ya no va de ideologías o de política, sino de un juego descarado de poderes, egos y mentiras, sin el menor atisbo de empatía hacia los ciudadanos. Aquellos que continúan defendiendo ciegamente a su partido, sin importar los errores o los desastres que acarrea, no son más que hooligans, fanáticos en una nube de fantasía utópica.

La reciente catástrofe en Valencia ha dejado en claro la irresponsabilidad y la falta de previsión. Ya es de sobra conocido que la DANA fue anticipada con tiempo suficiente como para haber alertado a la población y haber mitigado, en gran medida, el impacto del desastre. Sin embargo, la Comunidad Valenciana no dio la señal de alarma adecuada para que no cundiese el pánico, pero lo cierto es que ante estos fenómenos, es mejor que la gente se alarme (como pasó en Florida con Milton) que no ignorar la magnitud del peligro evidente que se avecina.

En el momento de escribir esta columna, Valencia se encuentra en estado de emergencia nivel 2. Este nivel otorga a la Comunidad competencia exclusivas sobre la situación, bajo la presunción de que dispone de los recursos necesarios para gestionarla. Sin embargo, como vemos, esto dista de la realidad. A pesar de ello, ni la Comunidad Valenciana ha solicitado la ampliación a fase 3, que otorgaría al Gobierno central el mando sobre la emergencia, ni el Gobierno ha ofrecido su ayuda activamente o ha declarado la zona en estado de emergencia para atribuirse las competencias. El resultado, una vez más, es que quienes acaban pagando los platos rotos somos los ciudadanos.

La crispación ha llegado a tal nivel que el sistema político entero debería encontrarse acorralado. Una vez se haya contenido medianamente el desastre en Valencia, deberían exigirse responsabilidades a todos los implicados, y hacerlo de manera auténtica: sin indultos, sin favores, sin remover a los jueces encargados, sin presionar a los medios de comunicación. Que rindan cuentas de una vez. Llevamos años viendo cómo nuestros dirigentes se ríen en nuestra cara con total impunidad, y si no se restablece un sistema político eficaz de manera pacífica y honesta, lo ocurrido en Paiporta podría dejar de ser un «hecho aislado» perpetrado por «marginales violentos» y convertirse en una reacción generalizada a la que se sumaría una guerra de fanáticos rojos y azules peleándose por ver quien tiene más amor incondicional por su partido político favorito.

Quizás, y lo espero con sinceridad, estemos presenciando el principio del fin de una generación de gobernantes, políticos y burócratas responsables de haber creado un sistema ineficaz. Este es un barco torpe y descomunal, que maniobra con lentitud y enfrenta las necesidades del pueblo con confrontación y autocomplacencia, además de verse completamente intocables e impunes.

Se han distanciado tanto de la sociedad que ya solo se representan a sí mismos. La prueba de ello es que, mientras la ciudadanía se une para arrimar el hombro en medio del barro, los dirigentes ofrecen un espectáculo bochornoso de mentiras, réditos políticos y una dialéctica de trincheras. Un pueblo que, unido, moviliza recursos y solidaridad, en nada se parece a una clase dirigente más preocupada por el confort de sus sillones que por la realidad que vive su gente.
Mucha fuerza, Valencia. Todos estamos contigo.

Daniel Sancho. Graduado en Ciencia Política y Administración Pública