Un fenómeno que parece adscrito al ADN de los pueblos anglosajones es la piratería. El movimiento llegó a alcanzar tal profundidad, que la todopoderosa y sempiterna corona británica legalizó la piratería de distintos modos, el más recordado mecanismo, las llamadas patentes de corso o lo que es lo mismo, la institucionalización del robo con autorización, los saqueos al supuesto enemigo, en una política consagrada principalmente a la lucha contra el dominio español de los mares, siendo el Caribe el escenario principal de aquella contienda.

Con el paso de los siglos, la piratería británica se adaptó, de hecho y como algo que ya no debiera ser propio de aquellos tiempos, el imperio alcanzó su máxima expansión en las primeras décadas del siglo XX. Un imperio que no obedecía a una lógica geográfica, más bien a la lógica del asalto, allí por donde pasaban, por eso, ese reparto tan disperso por todo el mundo con tantas colonias de ultramar, con salpicaduras en medio mapamundi, islas remotas en las antípodas de Londres.

Con la independencia de las colonias y la disolución del imperio, aunque del mismo quedan llamativas excepciones como las Malvinas, fue el autodenominado por los mismos ingleses como su hijo bastardo, Estados Unidos, el heredero directo de esa manera de operar, de nuevo adaptándola a los tiempos y sugestionándola a su desproporcionado poder militar. El siglo XX y el nuevo siglo están plagados de ejemplos del nuevo actuar imperial, la lista de intervenciones es larga, la de saqueos y crímenes ha dejado tras de sí un legado de sangre y fuego, que nada tiene que envidiar a los peores momentos de la historia.

Ahora, los autoproclamados guardianes del mundo siguen aventurándose a través de los mares, haciendo gala de su rotunda superioridad y con una actitud hostil y amenazante ante cualquiera que se interponga en su camino. El turno ahora le ha tocado a uno de los bocados más jugosos del pastel, Venezuela. Estos meses se han convertido en una oda a la violación del derecho internacional. Hoy Donald Trump está más cerca de ser Barbanegra que de ejercer como un presidente normal. Va por el mundo golpeando mesas y dando gritos en casas ajenas, sin filtros y con pocos resortes frente a sus delirios, no es casualidad aquello que leí el otro día, guste o no, es el mejor representante de nuestra era, pensar que puedes hacer lo que quieras sin ninguna consecuencia. Votamos piratas, pues piratería tenemos, no hay más.

Víctor Puch. Sal en la herida