El pasado 25 de mayo tuve el privilegio de participar en el acto de homenaje al médico rural hablando de los retos del presente de la medicina rural de Aragón.
Nuestra comunidad se enfrenta a una paradoja sanitaria: aunque somos la tercera comunidad autónoma con mayor porcentaje de consultorios rurales, nuestra organización territorial y sociosanitaria sigue pivotando excesivamente sobre la ciudad de Zaragoza. Esta visión urbanocentrista que yo llamo «Zaragón», contrasta con un medio rural disperso y heterogéneo, plagado de zonas de «difícil cobertura», donde casi nadie está dispuesto a quedarse a trabajar.
Para perpetuar esta desigualdad organizativa contamos con un mapa sanitario obsoleto, que prioriza el número de tarjetas sanitarias sobre la complejidad de la población y el territorio, y sobre la accesibilidad y longitudinalidad en la atención rural. Este modelo sobrecarga a los sanitarios con conducción de vehículos propios, con tareas administrativas, de mantenimiento o de limpieza, por sus plantillas escasas, mal organizadas e inadecuadas en cuanto a perfiles profesionales.
El mapa omite una brecha demográfica sangrante: los pacientes rurales son más mayores, presentan mayor complejidad, mayor fragilidad y mayor dependencia. De cada 100 habitantes de la ciudad podemos encontrar 1 paciente dependiente, pero en los pueblos pueden ser hasta 46 las personas en situación de dependencia, que requieren más tiempo y más visitas en sus casas. Nuestros pacientes no pueden compararse, por tanto, la forma en que distribuimos nuestro tiempo de trabajo debe ser también diferente, nuestra agenda no puede ser la misma.
Tampoco podemos utilizar las mismas herramientas de trabajo. En los pequeños consultorios, todavía una ley anacrónica obliga a los ayuntamientos, de pueblos grandes y pequeños, a sufragar los suministros, mantenimiento y equipamiento. En los centros de salud rurales se necesitan un mayor número de equipos de diagnóstico y tratamiento (ecógrafos, bisturís eléctricos, espirómetros, electros), no necesariamente más costosos sino más adaptados al terreno, portátiles en lo posible, para llevar la medicina y la modernidad hasta los pueblos.
Y aunque la formación es la herramienta de seducción profesional por excelencia, hoy estamos borrando la ruralidad del mapa universitario: ningún tutor de las prácticas obligatorias es del medio rural. Si hablamos de médicos residentes, la estadística mejora más bien poco: menos del 5% de las plazas MIR en Aragón se asocian a tutores rurales. Todos ellos rotan entre uno y dos meses en el medio rural, estas rotaciones tremendamente bien valoradas, son anécdotas en el currículum, no inmersiones reales. Y al terminar su formación muchos optan por dedicarse a cualquier cosa que no sea medicina de familia: las urgencias, otra especialidad, medicina privada… o se van, se van a otras comunidades, a otros países.
¿Se les puede pedir que dejen la vida y la profesión que han construido durante al menos cuatro años en la ciudad para salir a trabajar en pueblos que apenas conocen? Pues se les pide con un incentivo económico o con la promesa de una futura estabilidad laboral, que no están siendo suficientes. Con una tremenda cantidad de médicos rurales a las puertas de la jubilación, el relevo generacional no está, ni mucho menos, garantizado.
Para evitar el cierre de consultorios en medio de los desiertos médicos, para conseguir que los jóvenes médicos de familia consideren la medicina rural como la opción real de futuro que es, debemos afrontar los retos territoriales, demográficos, tecnológicos y formativos pendientes. Asegurar que la equidad sanitaria no claudique frente al código postal rural en Aragón exige voluntad política y, sobre todo, aunar fuerzas para transformar el sistema desde sus raíces.
Maria Escorihuela. Médica de Familia y Comunitaria en el medio rural aragonés y coordinadora del Grupo de Trabajo de Medicina Rural de Samfyc

