Tiempos apesadumbrados recorren nuestra querida tierra. Ante un ciclo electoral adelantado a nivel autonómico, moda de nuestros tiempos que por primera vez llega a Aragón, las desgracias y desmanes ajenos cada vez hacen más ruido sobre el sentir propio.
Los aragoneses vamos a las urnas en apenas una semana y deberíamos preguntarnos ¿por qué nos han convocado y quién lo ha hecho? Hay quien diría que nuestro presidente autonómico, sancionado por el Estatuto y la Constitución. Hay quien añadiría con sorna que las han convocado los extremeños. Y yo me pregunto, cuando los resultados sean los previsibles, ¿la mayoría de nosotros habremos votado por algún maño, o más bien por un gallego y un madrileño?
Las redencillas de una derecha que se pelea más por las locuras de un yankee que por el trasvase del Ebro han dinamitado dos gobiernos regionales que no tenían la culpa de lo que marquen los sondeos electorales nacionales. Encuestas que por cierto nos indican la misma tendencia que Extremadura: la subida del que gobierna aquí pero no reina, la caída del que no gobierna aquí pero reina y el ascenso meteórico del que ni reinando gobierna. Un esquema trazado por escuadras nacionales y cartabones partidistas, ¿desde cuándo somos un calco de Extremadura? O mejor dicho, ¿desde cuándo somos dos regiones no nacionalistas un mero reflejo de lo que sucede en la Corte y la Villa?
La campaña parece muy centrada en infraestructuras propias y ajenas, agravios eternos con el austero vecino, sanchismo disecado y trumpismo avinagrado. El votante envilecido por la desidia de sus gobernantes, lo mismo: desafección, abstención y hastío.
Pero Aragón sigue siendo tierra de leyes antes que reyes. Hay centros de datos con un impacto económico y ecológico cuestionable, el peligro sempiterno de ser los regantes del Levante, una sanidad que no levanta cabeza la pintes con el color que la pintes, hogares que devienen tierras baldías. Tenemos en definitiva, asuntos propios que discutir como ciudadanía democrática.
Según el CIS las preocupaciones de los aragoneses son la vivienda, la sanidad y la despoblación. De lo primero vemos muchas soluciones: los que gobiernan región y capital ni mediante suelo libre ni subvención saben contener los precios, su mayor rival propone recetas que no aplica en la nación y los dos siguientes se envuelven en banderas, una con flor de lis (o águila) y otra con barras y cruz de San Jorge (o estandarte de dragón).
De lo otro, dos pájaros son matados de un tiro: que se encargue la privada de la salud de los pueblos que no pudieron conservarse en común.
Para salvarnos del libre mercado vienen dos exiliados de Madrid; para detener la extinción de una provincia ya tenemos adalid: un valenciano.
Así que ya sabéis compatriotas míos, votemos todos por afán democrático y no por imposición foránea, demostremos como nacionalidad histórica que honradas son nuestras batallas. Reclamemos el debate público del que los medios nos han privado y miremos como una fortaleza lo de votar cada dos años.
Pero una advertencia para cualquiera que por las urnas pase. Que ninguno de Zaragoza se confunda, el colegio electoral del Centro no está en Sol, ni Callao ni en Puerta del Ángel. Que los de Pozuelo de Aragón no vayan sin querer al de Alarcón, ni los oscenses al Escorial ni los turolenses a Aranjuez.
Porque el 8 de febrero Aragón decide pero en Madrid luego todo se desdice.
Tomás Celiméndiz. Graduado en Ciencias Políticas y Sociología en la Universidad Autónoma de Barcelona


Totalmente de acuerdo.
Hay que cambiarlos a TODOS.
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