Con la publicación de la primera encíclica de León XIV y con las enseñanzas que nos ha ofrecido en su reciente visita a España, es momento de comentar mi visión del papado en este momento del siglo XXI.

En el primer párrafo de su encíclica podemos leer:

La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos. Cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad. Pero en cada época se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto. Allí donde la humanidad corre el peligro de perder su rostro, nosotros, los cristianos, alzamos los ojos hacia el Dios que se hizo carne, sabiendo que «el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado». En Jesucristo, esta magnífica humanidad encuentra el camino, la verdad y la vida, abriendo a cada uno de nosotros la vía para crecer hacia la plenitud.

Está muy bien, pero la población mundial alcanza los 8.300 millones de personas. El número de católicos se estima en 1.400 millones, y no todos ellos viven su fe como dice el Papa. Así que los católicos tenemos dos grandes tareas: la primera es comprender y aplicar, de acuerdo con nuestras conciencias, las nuevas enseñanzas. La segunda es pensar en los casi 7.000 millones de personas que no aceptan en sus vidas las normas de Roma y actuar, al igual que en la primera tarea, de acuerdo con nuestras conciencias.

Yo tengo fe en mi Dios, y no tengo problemas con muchas enseñanzas de las religiones, teístas o no teístas. Yo me siento como un modesto hombre de ciencias, acostumbrado a respetar la libertad intelectual, que es el requisito fundamental de la educación humanista. Por ello he buscado en los escritos de mis maestros intelectuales, y deseo compartir las ideas de Albert Einstein.

En una presentación de sus descubrimientos, un invitado se levantó y denigró la religión. La creencia en Dios era como una especie de superstición. Einstein respondió: «Trate usted de penetrar con nuestros limitados medios los secretos de la naturaleza y se encontrará con que, detrás de todas las leyes y conexiones discernibles, sigue habiendo algo sutil, intangible e inexplicable. La veneración por esa fuerza que va más allá de todo lo que podemos comprender es mi religión. Y en esa medida ciertamente soy religioso».

«La más bella emoción que podemos experimentar es el misterio. Es la emoción fundamental que subyace a todo arte y ciencia verdaderos. Sentir que detrás de todo lo que podemos experimentar hay algo que no pueden captar nuestras mentes, cuya belleza y sublimidad nos alcanza solo de manera indirecta; eso es la religiosidad. En ese sentido yo soy un hombre devotamente religioso».

«Todo el que se dedica en serio a la actividad de la Ciencia se convence de que un espíritu se manifiesta en las leyes del universo; un espíritu inmensamente superior al del hombre, y uno ante el que nosotros, con nuestros modestos poderes, debemos sentirnos humildes. De este modo la actividad de la Ciencia lleva a una clase especial de sentimiento religioso».

Einstein nació en 1879. Su influencia ha llegado a nuestros días, pero estamos en 2026 y nos estamos enfrentando a un mundo que Einstein no conoció.

Ahora, en 2026, la evolución de las ciencias nos lleva a un ser humano que convive con la inteligencia artificial y con las máquinas capaces de pensar y de reprogramarse. Y esto significa que actividades que hasta ahora eran solo humanas serán ejecutadas por máquinas inteligentes, y al mismo tiempo los seres humanos «de toda la vida» podrán ser guiados por elementos e ideas extrañas a su naturaleza. Dicho con otras palabras, la libertad puede ser condicionada no como ahora por reglas y leyes humanas, sino por elementos artificiales que dirijan nuestros actos.

Dado el reto que nos llega, espero que la evolución de los principios religiosos sea un refuerzo y no un freno al nuevo mundo. Yo vuelvo a estudiar la obra de Pierre Teilhard de Chardin, que integró la ciencia y la dimensión inmaterial de los humanos en su pensamiento sobre la evolución y el cosmos.

Antonio Germán. Ingeniero y empresario