Turismo de cementerios, de trincheras, de fosas comunes, de edificios derribados, de iglesias y conventos en ruinas, de mausoleos históricos, de paisajes sin vida y de todo lo que queremos destruir porque son cosa del futuro, en vez de ser del pasado, que tanto gusta a los modernos.

En nuestros pueblos se prefiere un turismo de visión limitada. Algunos creen que el turista bueno viene a ver un olivo, y que prefiere el olivo a la botella de aceite. El olivo quizá es paisaje, pero la botella de aceite es, por lo visto, cosa de los malos, que explotan el esfuerzo de la naturaleza. Para compensar, les cobramos el aceite al doble de lo que cobra Mercadona.

Otros ofrecen un monte que solo es paisaje, pero el turista ve que subir al monte es un peligro, sobre todo si hemos de caminar por rústicas pasarelas en Beceite o tenemos que arriesgarnos en una tirolina como la de Cantavieja.

La última oferta es la llamada Vía Verde, caminos de los que desapareció el tren y que son una inversión con futuro para que vengan turistas con bici.

Los pueblos gastarán el dinero que les sobra en poner servicios para los ciclistas y quizá para recuperar las viejas estaciones, que podrían ser una fuente de ingresos, tan necesarios, para mantener estas «inversiones» útiles para el descanso de ciclistas y paseantes.

Una nueva y original oferta es la que se ha bautizado con el nombre de turismo tranquilo, que consiste en rehabilitar el camino de los Pilones. Se destinan 189.000 euros de los fondos FITE para la recuperación de este trazado histórico. Se ha habilitado una web oficial y se facilita hasta un pasaporte del caminante al estilo del Camino de Santiago.

Aún no se han organizado visitas a los campos de producción de energía eléctrica. Quizá sería sorprendente la cantidad de inversores nacionales o extranjeros a los que podría interesar. Un grupo de visitantes muy deseable podría ser el de alcaldes de pueblos pequeños que se sorprenderían del dinero que pueden ingresar con los paneles solares o con los molinos.

Pero de cara al futuro falta definir el perfil deseable de los turistas que necesitamos y cómo atraerlos. Es una equivocación hablar de la Toscana Española, porque la realidad no se parece y genera profunda desilusión al viajero que sueña con la Toscana verdadera. La región de Toscana es una de las mayores y más importantes regiones italianas por su patrimonio artístico, histórico, económico, cultural y geográfico.

El sector industrial está dominado por la minería, dada la abundancia de recursos subterráneos. El subsuelo es relativamente rico en recursos minerales, con minas de oro, cobre, mercurio y minas de lignito, las famosas fumarolas en Larderello y vastas minas de mármol en Versilia. También tienen cierta importancia la industria química y farmacéutica, la industria del metal y del acero, el vidrio y la cerámica, así como el sector editorial.

Áreas más pequeñas especializadas en la manufactura se encuentran tierra adentro: el cuero y el calzado en la parte suroeste de la Ciudad Metropolitana de Florencia, la zona de plantas de invernadero en Pistoia, la cerámica y las industrias textiles en el área de Prato, motocicletas y motos en Pontedera, y el procesamiento de madera para la manufactura de los muebles de madera en la zona de Cascina. La industria pesada (minería, acero e ingeniería mecánica) se concentra a lo largo de la franja costera (zonas de Livorno y Pisa), donde también hay importantes industrias químicas. También debe destacarse la zona productora de mármol de Carrara y la industria del papel en Lucca. No olvidar que la Toscana tiene 633 kilómetros de costa y casi 4 millones de habitantes.

Así que hay que dejar de equivocarse, trabajar con nuestra realidad.

Antonio Germán