Me encanta definirme como médica de pueblo. Soy consciente de que pudiera parecer un trabajo conformista o incluso una carrera profesional frustrada, porque el prestigio y la satisfacción laboral suelen vincularse con la gran ciudad. Si digo que mi vocación es la medicina rural, también puede interpretarse erróneamente como una heroicidad, porque es bien conocida la dificultad para encontrar nuevos y «esforzados» profesionales sanitarios que trabajan en los pueblos de Teruel, hasta el punto de haberse convertido la provincia entera en «zona de difícil cobertura», dificilísima, diría yo.

Lo único que persigo es poder cuidar de mis pacientes ofreciéndoles calidad y seguridad, sintiendo que ellos también cuidan de mí. Quiero ser, en última instancia, una médica de personas y una médica feliz, por eso elijo ser especialista en medicina familiar y comunitaria en el medio rural.

La medicina rural no es una etapa, ni un sacrificio, ni un premio, ni un logro, no es sencillo y no debe ser una imposición. Es una elección consciente y meditada para poder ser y reconocernos como los médicos de familia que soñábamos ser.

Yo soñaba con ofrecerle a cada paciente el tiempo y el espacio que necesitase. Aquí se va materializando, y sólo puedo poner ejemplos para demostrarlo.

La semana pasada, atendí a un paciente que venía a «renovar la pastillica de dormir». Escuchándole con tiempo descubrí que sufre acompañando a su familiar enferma; que aunque sabe llorar, no lo hace nunca acompañado, que no duerme, que come por obligación, y que está enfermando poco a poco por amor.

Hace 3 días, visité a una anciana que, aunque vive sola, siempre está acompañada por un intenso dolor de espalda. Si le dijese que pasé una hora con ella para hacer la «valoración geriátrica integral» no me entendería. Ella contará que la médica estuvo viendo su casa, le hizo muchas preguntas y hablaron de muchas cosas.

Ayer me acerqué a casa de un paciente que disfruta de la vida después de darme un susto de muerte. Ya recuperado me invitó a un café en su salón. En su terraza, divisando todo el pueblo desde lo más alto, me dijo: «Estoy en la gloria», y no me atreví a contestar: «Pues yo también».

La medicina rural es maravillosa, pero tiene serias dificultades para atraer el talento de jóvenes médicos de familia. Intento entender por qué, inténtelo conmigo.

Cuando los futuros médicos entran en la universidad tienen claro que quieren ser médicos, pero casi nadie se plantea el lugar exacto donde acabará trabajando, menos aún si será en un pueblecito. Vengan de donde vengan, en ese momento deben trasladarse a estudiar a la ciudad, y allí pasan más de 6 años casi sin separar los codos de la mesa y sin levantar cabeza hasta que aprueban el examen MIR.

Quienes finalmente eligen la especialidad de médico de familia disponen de la oportunidad de ser médicos rurales, pero su formación se ofrece mayoritariamente en las ciudades, donde pasan 4 años de residencia aprendiendo una forma de atender a los pacientes que adquiere matices urbanitas.

Terminada la residencia, les esperan contratos precarios en la ciudad, donde han ido construyendo su vida laboral, social y familiar. El medio rural les lanza, desde muy lejos, una llamada de auxilio. Si alguno consigue escucharlo, tendrá dudas razonables sobre su capacidad para desenvolverse en el desconocido y exigente medio rural.

Es primordial dar a conocer y defender la medicina rural, y hacerla presente en todo el proceso de formación de los sanitarios. La medicina rural merece una oportunidad por ser un lugar ideal donde encontrar la medicina de familia con la que algunas no paramos de soñar.

María Escorihuela. Médico de familia