Una llamada interrumpió aquel día mi consulta.
—Se ha desmayado y no reacciona.
Esas palabras me levantaron de la silla. Con los maletines en el maletero, conduje a una velocidad superior a la permitida por la pista que une los pueblos donde trabajo. Cuando llegué a aquel lugar, con poca luz y apenas mobiliario, me estaban esperando. Esperaban ayuda. O quizá un milagro.
La sostenían sentada en una silla. Apenas podían explicarme qué había ocurrido: de repente, mientras caminaba, se había quedado dormida y no conseguían despertarla.
A su alrededor se respiraban la preocupación y los nervios, los de su familia y los míos.
Cogí su mano, estaba helada, casi tanto como sus pies, como cuando el calor de una vida decide que ya se marcha. Al soltarla, cayó a plomo sobre la silla, colgando igual que lo hacía el resto de su cuerpo. Su rostro había perdido el color. Sus ojos cerrados ocultaban una mirada ausente, y su boca entreabierta dejaba entrar un hilo de aire que llegaba hasta su pecho.
Desplegando el maletín, empecé a conectarle los aparatos, buscando alguna pista que nos ayudara a entender qué estaba ocurriendo. Sintiendo la prisa, la presión, las miradas fijas sobre mí, aunque yo solo podía mirarla a ella.
Mientras pedía una ambulancia, que tardaría todavía veinte minutos en llegar, la enfermera consiguió comenzar a administrar suero. Necesitábamos ganar tiempo. Pero poco después, su respiración se hizo más entrecortada e irregular. Su pulso disminuyó todavía más, avisándonos de la gravedad extrema de la situación.
La colocamos en el suelo, sobre unas mantas que pudieran proteger el frágil cristal en el que se estaba convirtiendo. Quizás allí tumbada nos escuchaba llamarla constantemente para intentar despertarla, aunque no podía contestarnos.
Entonces llegó un familiar, envuelto en lágrimas, temblando frente a aquella escena. Cuando se acercó a ella, pronunció esas palabras que tantas personas dicen en situaciones así y que contienen mucho más de lo que expresan:
—Ya estoy aquí.
Y yo, que no podía decirle que sospechaba un shock, que estaba crítica y que por eso tenía a mi lado un desfibrilador, le dije:
—Está muy grave. Quédate con ella y dile algo porque a lo mejor puede oírte.
Cuando llegó la ambulancia, había mínimos signos de mejoría. Sin abrir los ojos, intentaba emitir algún sonido. Fue suficiente para que todos respiráramos un poco mejor.
—Muchísimas gracias —repetía aquel familiar, consciente de que la escena podría haber tenido otro final.
Yo me sacudí el polvo del pantalón y regresé a la consulta para seguir atendiendo a otras personas con mi esforzada sonrisa. Como si minutos antes no hubiera vivido una situación desesperada. Como si no tuviese todavía aquella escena en la cabeza y muchas ganas de gritar.
Los médicos rurales no somos máquinas, ningún sanitario lo es. No olvidamos esos momentos difíciles cuando termina una emergencia. Ni siquiera es solamente una emergencia, es aquello que le ocurre a una persona que conoces, que aprecias, que forma parte de tu comunidad. Nuestros pacientes no dejan de serlo cuando no los tenemos delante. Por eso comprobé después las pruebas que le realizaron en el hospital. Supe de la gravedad de lo sucedido y de los días de UCI que siguieron.
Quizá sea difícil de entender desde fuera, pero el vínculo con tu médica de familia convierte cada emergencia en algo más que un reto clínico. Es un reto que resulta extenuante cuando la consulta se interrumpe, el maletín pesa demasiado y el camino hasta el siguiente pueblo parece no terminar nunca. Pero es un reto que da sentido a la profesión que exige estar presentes junto a nuestros pacientes cuando más nos necesiten.
María Escorihuela. Médica de familia y comunitaria

