Belchite celebró este año de nuevo el encuentro que, en torno al 24 de agosto y el 6 de septiembre, recuerda la Batalla acaecida en este municipio en 1937, con casi 6.000 víctimas entre civiles y militares. «Memoria y paz» es el lema de este encuentro, que apuesta por el respeto y el rechazo de la violencia.
El homenaje, iniciado en 2017, recuerda cada año a los vecinos supervivientes de la Guerra Civil. Este año eran 68, todos ellos nacidos durante la contienda. La consejera de Educación de Aragón y el alcalde de Belchite insistieron en que el pueblo quiere agradecer a sus mayores por su inmensa generosidad y solidaridad, por haber sacado adelante a sus familias pese a las dificultades y por enseñar «que la concordia y el diálogo son posibles con el esfuerzo de todos».
He visitado varias veces el Pueblo Viejo de Belchite. La última vez hace dos años con unos amigos locales. El paso de los años evidencia el desgaste natural de parte de las construcciones que quedan en pie, que se suma a los expolios anteriores. El ayuntamiento ha tomado medidas para mitigar ese deterioro y ha puesto orden en la realización y en la atención a las visitas. Visitar el Pueblo Viejo es sumergirse en su historia y en el sufrimiento que recuerda.
Bueno es tener presente la reflexión sobre la Memoria que exponía Javier Lambán en un artículo póstumo, publicado en Heraldo. Escrito con visión de Estado, sin matiz partidista, y abordando los cimientos éticos de concordia y convivencia en España. Se refería a la conmemoración del centenario de la Guerra Civil del 36 y a la necesidad de recuperar la concordia de la Transición de 1978 y erradicar toda pulsión fratricida.
Recordaba su dedicación al estudio de la República y de la Guerra Civil, continuada hasta el presente, pero haciéndolo «con mucho cuidado de no reabrir heridas sino de cerrarlas». Invoca lo que supuso la Transición española, que hizo posible lo que califica de «un prodigioso acuerdo, un gesto supremo de concordia», y denuncia «a amplios sectores de la izquierda» que en las dos últimas décadas han decidido «quebrar la convivencia».
Carlos Sauras. Sobre el papel


Palabras de Francisco Tomás y Valiente en 1993, que fue asesinado por Eta el 14 de febrero de 1996.
» Hemos hecho en este país la transición a la democracia sobre la bisagra de una reforma cimentada en el silencio y la ruptura de la espiral de la venganza. Así había que hacerla y no hay que arrepentirse de ello. Bien hecha estuvo. Pero del silencio al olvido y la ignorancia sólo hay dos pasos, y sería pernicioso que muchos los dieran. El próximo curso académico hablaré a mis alumnos de las Leyes Fundamentales del régimen franquista, porque del mismo modo que en la historia de la libertad hay que integrar la de su negación, en la del constitucionalismo hay que introducir la de las dictaduras, que con tanta frecuencia (¡y tan desdichada!) han supuesto entre nosotros otras tantas etapas de ruptura de la continuidad histórica en el proceso de construcción de una sociedad más abierta y más culta, y de un Estado más democrático y más respetuoso con el Derecho y con los derechos. Quienes no vivieron el franquismo, o sólo conocieron su etapa final, deben estudiarlo para no repetirlo. Deber nuestro es trasmitirles, sin rencores ni ánimo de venganza, sino con distanciamiento metódico y sin más pasión que la de sembrar lucidez y tolerancia para el presente y el futuro, lo que aquel régimen, hoy tan lejano como peligrosamente desconocido, fue».
“Se puede hablar de lo que hay encima de la mesa no de lo que hay debajo”. Más allá del empleo de las metáforas está la realidad del ejercicio del poder político que ha incluido, desde 1978 hasta la discusión sobre la Ley de Memoria Histórica, la praxis de acallar todo lo relativo al inmediato pasado político. Felipe González Márquez no quiso aprovechar el 50 aniversario de la guerra civil para revisar desde el Gobierno de España los crímenes de la dictadura y realizar un esclarecimiento de la historia y la memoria. Relató que los militares, con Gutiérrez Mellado a la cabeza, se opusieron a ello con el pretexto de haber «fuego» bajo la mesa. Con esta imagen, Felipe González dijo a un importante periódico mexicano que había que hablar de lo que había encima de la citada mesa y nunca de lo de abajo. El que fuera Presidente del Gobierno dio entonces una razón verdadera de esa mudez institucional: «Lo acepté como una de las reglas del juego del poder». González Márquez, F., «Entrevista», La Reforma, 10.3.98. Este extracto pertenece a la nota 4 del artículo «La memoria arrinconada en la Filosofía del Derecho española». (2011), cuyo autor es José Ignacio Lacasta Zabalza. Universidad de Zaragoza.
Buenos días.
En este país, siempre se suele hablar bien de los muertos, aunque en vida se les este dando continuamente por el saco.
Enterrar a los muertos de las cunetas, en el lugar que digan sus familiares, no es un gesto de quebrar la convivencia, es un gesto de justicia, hacer que descansen en paz en un lugar donde sus familias puedan visitarlos y depositar un ramo de flores. Dar sepultura digna es enterrar a la persona y muchas mas cosas.
Es para pensar, si un español muere en las antípodas, lo repatriamos y le damos digna sepultura, a los que tenemos a pocos metros, en una cuneta o junto a un tapial, querer hacer lo mismo es reabrir heridas.
Algo como cristiano no me cuadra.