Cada día me gusta más Zaragoza, paseándola en las mañanas de verano y los anocheceres del invierno, no sé explicarles por qué, pero así es. En esos momentos, pasearme por mi barrio o por el centro, es un placer. Placer que completo en mi pueblo, Híjar, con las mañanas de verano paseando por él y sus alrededores y las noches de la Barbacana, tomando la fresca. Así de sencillo.

Claro, si uno pasea con los ojos abiertos, pues ve cosas muy agradables, pero también oye, y aquí ya no es tan agradable, pues la gente decimos —ya que también me oigo a mí mismo— el colmo de sandeces, estupideces e incoherencias. Trato de explicarme.

No sé por qué, se ha puesto de moda que todo va mal, que no se va a poder vivir a esta marcha, que los jóvenes las van a pasar muy putas, que dentro de poco los viejos no cobraremos la pensión, que los jóvenes no tienen futuro porque no quieren trabajar y además no tienen repajolera idea de nada. Así, podría seguir toda la hoja del periódico, saltándome tranquilamente las cuatrocientas palabras y llegando a tropecientas mil. Todo positivo.

Claro, esto no lo oigo cuando paseo por Santa Bárbara, el camino del Carmen, sentado en la ermita de San Miguel, contemplando lo que queda del Convento de mi pueblo, o… Lo oigo cuando voy en el tranvía por Zaragoza o cuando me siento en algún bar, cafetería o restaurante, ya sea de Híjar o de Zaragoza. Todo lo malo se cuenta tomándose un chocolate con churros, un café con un trozo de tarta, un cubata de los de reglamento, o un menú de 30 o más euros, con el local petado de gente y cascando animadamente, hasta por los codos. Todos llorando.

Ojo, como se te ocurra irte de viaje, si es que se consigue para la fecha y lugar elegido, tres cuartos de lo mismo: todo lleno y no se puede vivir. Qué putada estar aquí.

Me voy a contener para que no suene a insulto, pero, ¿podemos ser más absurdos, sinsentidos y disparatados?

Veo que los jóvenes viven bien, en su buen mundo, cada día mejor, y los viejos, pues igual, pero en el suyo. Cuando oigo a estos últimos, recuerdo a muchos comiéndose los mocos, así como nosotros pecadores, olvidándose de lo que fueron, de dónde vienen, por dónde andan, ni a dónde van, pero no vayas tras ellos, porque si esperas algo de ellos, entonces el que te comes los mocos eres tú. El que de servilleta llegó a mantel…

PD. Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen.

Pascual Ferrer. Érase una vez