Resulta que hace unos meses, mientras volvía a casa, me crucé con un jabalí en el cruce de Cretas. Aquel fatal encuentro resultó en un siniestro total para mi viejo monovolumen. Con el perdón de los cofrades, casi diría que esto es tan típico del Bajo Aragón como la Semana Santa o los tambores.
Viudo de coche, y tras recorrer concesionarios con más pena que acierto, acabé comprando una furgoneta de segunda mano gracias a la mediación de mi padre. Coincidió con las vacaciones, así que, como tantos otros, improvisé un colchón y me lancé a la Costa Brava, en un azaroso homenaje a aquel road trip español de Pisón, Carreteras secundarias, aunque sin el romanticismo de un Citroën Tiburón.
El camino hacia la costa desde esta parte de Aragón tiene algo curioso. Cuando dejas Alcañiz y ahondas en el Matarraña, uno siente que el mar está cerca aunque no lo vea. Pues, al pasar Horta, la carretera sisea entre montañas hasta llegar al Montsià, que se encarga de ser la antesala del litoral. Y si uno se detiene en Lledó, en la Vía Verde, mira hacia las rocas del Masmut, cierra los ojos y piensa como pájaro, entiende que no estamos tan lejos. Tras la montaña se esconde lo salado.
Viajar así tiene algo profundamente atractivo: moverse sin rumbo, sin reservas, sin demasiadas certezas. Pero conviene no romantizarlo. Implica buscar dónde dormir, agua o aseo, y asumir incomodidades. Es una forma de viajar que engancha, pero también exige conciencia y mirarla con cierta distancia crítica.
Este tipo de ocio no siempre deja un retorno económico claro en la economía local. Genera presencia y no siempre aporta tanto gasto, por no hablar de la masificación o comportamientos incívicos. Y aquí aparece la contradicción.
Poder disfrutar de las infinitas calas de la Costa Brava, de los pícaros ibones del Pirineo que aparecen sin avisar o de los bosques misteriosos del Moncayo en su otoño becqueriano no debería ser una cuestión de clases. La realidad es que mucha gente no se lo puede permitir, y todo el mundo tiene derecho a viajar, pero ese derecho también implica un deber.
No se puede hacer turismo sin dejar algo a cambio. Consumir en el comercio local, respetar los espacios y entender que no todo lugar es un camping improvisado debería formar parte de la travesía. Muchos lugares están ya saturados. Por otro lado, encuentro una cara positiva, ya que esquiva la lógica de los pisos turísticos y su impacto en los precios de la vivienda.
Si ha venido para quedarse, habrá que aprender a convivir con ello. Y eso pasa, sobre todo, por una cuestión básica: el respeto a los lugares, a quienes viven en ellos y a sus límites. Pero también por algo igual de importante: buscar soluciones reales.
La aglomeración ya es una realidad, y la multa o la persecución a este tipo de viajero han demostrado ser insuficientes. Como dice el refrán, «hecha la ley, hecha la trampa»; por eso, más que imponer restricciones de altura o sanciones sin fin, debemos apostar por soluciones realistas que permitan una convivencia sostenible.
Raül Belver

