El miedo es una reacción filogenética, que los humanos compartimos con otras especies y que consiste en un estado del cuerpo y la mente, enfocados hacia un posible peligro, que nos prepara para la huída o la defensa. Cuando el peligro es real el cuerpo entra en estado de estrés orgánico o de pánico. Cuando sólo es probable o de origen psicológico, caemos en un malestar anímico que nos afecta de forma global.

Nuestros ancestros vivían con el miedo pegado al cuerpo y al alma como un elemento más de la existencia. Esos temores, inseguridades, presentimientos, presagios y malos agüeros de aquello homínidos, son los que conforman el bagaje existencial de millones de nuestros coetáneos en diversas partes del mundo, como elemento cotidiano en algunos y en otros, circunstancial. Pregunten a alguno de los millones de árabes angustiados por la prepotencia israelí, a ucranianos o rusos, a los miles de inmigrantes navegando en cayucos y pateras hacia el feroz mundo de Oz en occidente. Incluso a los miles que deambulan por los países en busca de superar los muros de la vergüenza del supuesto Paraíso occidental, desde el de 3.000 kilómetros EE.UU.-Méjico, o los de Ceuta y Melilla, India, Camboya, Alemania, Siria y el infierno sudamericano o centro africano.

Pero también en nuestros confortables hogares europeos. El miedo, con otros rostros y otras banderas, se aposenta, brotando de las redes, periódicos y programas de televisión, alimentándose de ‘fake news’, esas falsedades instantáneas disfrazadas de verdades, aceptadas sin una pizca de espíritu crítico. Ya no nos amenaza la posibilidad de tener un tigre de dientes de sable tras cualquier esquina, sino de que al iluminado Netanyahu, el acartonado Putin, el orondo mandarín de Corea del Norte o al barbado profeta chiíta iraní, cualquiera de la ralea de los profesionales del miedo, le apetezca apretar los botones inadecuados. Austria, Alemania, Inglaterra, Italia, Francia, España en lista de espera, Hungría, Brasil, Venezuela…degustadores de muchos miedos.

Pero, también contemos con el miedo como elemento subsidiario en cuestiones como sobrepoblación, crisis climática, petróleo, agua, contaminación, inflación, falta de viviendas, inmigración, inseguridad ciudadana, déficits educacionales, salud psíquica pública y social bastante depauperada en principios y valores (un lote que puede ser difícil de gestionar). Un conjunto de amenazas administrado por la extrema derecha, el populismo y la xenofobia, esos falsos profetas… o ese temor interior cuando percibimos que algo no está funcionando en las democracias liberales. Vivimos bajo el síndrome del miedo. Y el miedo, según Montaigne, es incompatible con la libertad.

Quizá veamos el fin de las democracias debido a que los políticos propagan miedos y temores en vez de abordarlos y resolverlos. Aún no saben que atemorizar no es gobernar. Kierkegaard decía que el temor, el miedo, es el sello de lo humano y ahoga a la libertad.

Alberto Díaz Rueda