Hay secretos a voces en nuestros pueblos a los que nadie se atreve a mirar de frente. No hay quien no sepa dónde se trapichea con droga, en qué bares, en qué pisos, dentro de qué cuadrillas, quién lleva, quién trae y quién mira hacia otro lado. Siempre ha sucedido. Pero algo ha cambiado. Ya no hablamos solo de menudeo tolerado, sino de crueldad, de mafias organizadas, de trata de personas, de más armas blancas, de armas de fuego, de monstruos contra los que tenemos poca cobertura y apenas plantilla especializada. No es masivo, pero crece. Y es difícil de detectar.

Este martes, la redada en la calle Trinidad de Alcañiz y la operación paralela en Alcorisa dejaron seis detenidos, registros en viviendas, cajas incautadas, pasamontañas, fusiles y un despliegue imposible de confundir con rutina. Participaron Guardia Civil, Policía Local, EDOA, USECIC y Servicio Cinológico. Un día después, Caspe amanecía con un joven de 27 años muerto tras una pelea y con un operativo por tierra y aire que acabó con una persona detenida en el entorno de la estación. En las calles caspolinas la cosa está más difícil. Y decirlo no debería entregarnos al discurso xenófobo. Caspe convive con casi 60 nacionalidades y con una población que cambia al ritmo de las campañas agrícolas. Eso no convierte a nadie en sospechoso. Convierte al municipio en un lugar más complejo y frágil.

La convivencia, cuando se deja sola, se resquebraja. Por esa grieta entra el populismo con su receta de siempre, mezclar inmigración y delito hasta que todo parezca lo mismo. Pero el problema real también tiene dirección administrativa. Alcañiz y Caspe pertenecen a dos provincias distintas, Teruel y Zaragoza, y dependen de estructuras diferentes que deberían coordinarse mucho más. Estar unidas en la práctica sería lo lógico, como lo sería en otros ámbitos, también en el judicial, porque los problemas no se detienen en una línea provincial pintada sobre un mapa. Las redes de delincuencia se mueven, al igual que las propias patrullas y el miedo.

Mientras tanto, unos culpan al Gobierno central, otros al autonómico, otros al ayuntamiento y otros a la Delegación. La pelota vuela de despacho en despacho mientras las plantillas de Policía Local y Guardia Civil siguen sin completarse. En Teruel quedaron desiertas más de 40 plazas de la Benemérita recientemente. Hay cuarteles modernos sin personal suficiente, cuarteles cerrados, patrullas compartidas entre pueblos y agentes doblando turnos. Por las noches, una sola patrulla cubre cien kilómetros. Valientes, sí, y condecorados, ¡qué menos! Pero eso no es óbice para seguir reivindicando que están demasiado solos.

Alcañiz y Caspe suman 975,45 kilómetros cuadrados. Si fueran un único término municipal, estarían en el entorno del top ten de los más extensos de España. Casi mil kilómetros de calles, caminos, fincas, polígonos y plazas donde se exige prevención, respuesta rápida y presencia. Y si añadimos toda la Tierra Baja... ¡inabarcable! Hay demasiadas zonas en sombra y esta oscuridad es también una decisión política.

Últimamente vamos sobrados de discursos duros. Pero falta personal y falta integración de verdad, más allá del buenismo que se pronuncia en los actos oficiales y luego se abandona en los colegios, en los campos, en las viviendas hacinadas o en las plazas donde unos y otros apenas se cruzan sin mirarse. Sí, hay delincuencia, droga y mafias que se aprovechan de la fragilidad del territorio y de la gente vulnerable. Pero eso no autoriza a poner una diana sobre cualquiera que tenga otro acento, otro color de piel u otro pasaporte. Esa trampa es vieja, y eficaz.

A mí no me vale que unos usen el dolor para hacer campaña y otros respondan con frases de manual. Ni un bulo registra un piso, ni un eslogan desmantela una red de delincuencia, ni una rueda de prensa patrulla una carretera comarcal a las tres de la mañana. Falta plantilla, faltan medios y señalar al diferente no devuelve la vida ni la seguridad a nadie. Solo nos deja un territorio más temeroso, con más odio y un poco más roto.

Eva Defior. Sexto Sentido