El pasado jueves participaba en un foro sobre mujeres libres en el que intervenía la iraní Masih Alinejad. Su testimonio, como el de tantas mujeres que desafían la opresión en Irán, nos obliga a mirar de frente una realidad incómoda para muchos: la lucha por la libertad de las mujeres no puede ser parcial, ni selectiva, ni acomodada a intereses políticos del momento.

El feminismo ni es selectivo, ni tiene fronteras. No depende de la ideología, sino de principios… quienes los tengan.

Cuando hablamos de derechos de las mujeres hablamos de derechos humanos universales. No podemos defenderlos con entusiasmo en nuestras plazas y olvidarlos cuando quienes los vulneran pertenecen a regímenes que algunos prefieren no incomodar.

Solo hay dos opciones. O estar del lado de la dignidad de las mujeres y sus derechos o estar con quienes las encarcelan y matan. No hay término medio posible. O se está con las mujeres que luchan por su libertad o se guarda silencio frente a quienes las persiguen, las encarcelan y, en demasiadas ocasiones, las matan.

El régimen iraní no es la víctima. Ha cometido toda clase de atrocidades. Durante años ha perseguido a mujeres que simplemente reclaman el derecho a decidir sobre su propia vida, su propio cuerpo o su propia vestimenta. Mujeres que piden libertad y reciben cárcel. Mujeres que piden dignidad y reciben violencia.

No apoyamos la guerra.

Nadie con sentido común puede desear más sufrimiento en una región ya marcada por demasiados conflictos. Pero para ondear la bandera de la paz hay que tener una respuesta para ellas. La paz no puede ser la excusa para mirar hacia otro lado cuando millones de mujeres viven bajo la opresión de un régimen que niega sus derechos más básicos.

No es suficiente con ponernos lazos morados ni chapitas ni decirles que esperen otros 40 años. Las mujeres iraníes no pueden esperar décadas a que la comunidad internacional decida tomarse en serio su sufrimiento. La coherencia es la única moral sostenible. No debemos olvidarnos de las mujeres iraníes.

Si no dices que no a la tiranía, das un cheque en blanco a la dictadura.

Defender los derechos humanos implica denunciar a quienes los vulneran, sin importar su ideología ni su ubicación geográfica. Y para hablar de derecho internacional primero tienes que respetar el derecho nacional.

Por desgracia, el Gobierno de Pedro Sánchez ha convertido demasiadas veces la política exterior en un ejercicio de incoherencia y propaganda. Sánchez ha traicionado a todo el mundo y ha mentido a todos. Mientras intenta presentarse como defensor de la legalidad internacional, su acción política demuestra lo contrario.

Rechaza el uso de las bases y al mismo tiempo despega aviones para ir a Oriente Medio. La ética del engaño. Una política basada en decir una cosa y hacer la contraria. Un doble discurso que solo genera desconfianza dentro y fuera de nuestras fronteras.

Como siempre, Sánchez miente.

Frente a esa política de ambigüedad, España debe recuperar una voz clara y firme en defensa de la libertad. Una voz que no tenga miedo de denunciar a las dictaduras ni de apoyar a quienes luchan por sus derechos.

Porque la libertad de las mujeres no es negociable. Y porque cuando hablamos de mujeres libres, hablamos de todas. Sin excepción. Sin fronteras. Sin silencios cómplices.

Alberto Herrero. PP / Calanda