En tiempo de tambores y bombos no es nada original reflexionar sobre un asunto como este, pero a veces hay debates que pasan desapercibidos cuando las pasiones aprietan y se nos empañan los ojos. Bajo mi punto de vista, solo hay una forma de vivir la experiencia que supone hoy en día la Semana Santa de nuestros pueblos: hacerlo desde dentro. La profesionalización, por llamarlo de algún modo, de nuestras procesiones y actos más destacados marca una serie de pautas que es oportuno cumplir: zapatos negros, túnicas a la medida adecuada, orden y concierto en el paso… Son algunos de los básicos que hermandades y juntas locales tratan de transmitir año tras año. Hay pueblos en los que el empeño es mayor que en otros, pero viene amparado por la Ruta y por el gran trabajo que durante más de 50 años se ha hecho para tratar que las tradiciones se consoliden todas y se recuperen algunas. Creo que no exagero al calificar de visionario al grupo formado por aquellas personas que fueron capaces de hacer que primara algo tan básico y tan complicado de alcanzar como es el beneficio común. No sé nombres, pero en realidad no son del todo relevantes. Y precisamente de eso va esta columna.
Son fechas estas de casas abiertas y llenas, de familia, de amigos, de amigos de amigos. Qué mejor momento para enseñar nuestras calles, para invitar a quienes no nos conozcan todavía a que lo hagan y sean partícipes de nuestras tradiciones. Aquí es donde detecto la brecha. Los más puristas consideran que aquellos que vienen de paso no deberían portar la túnica que tantos siglos nos ha costado coser. Pueden llegar a considerar que ellos estorban porque no saben tocar, porque no saben siquiera coger los palillos, porque no saben qué es la Ruta, porque les es todo ajeno. En definitiva, porque no saben lo que hacen. Puedo llegar a entender este punto de vista, fundamentado en un sentimiento inamovible de identidad donde existen «los de aquí» y «los que no son de aquí», pero abogo por, frente a esto, tratar de tender la mano. Solamente por un motivo: porque nadie somos nadie. Tú no lo eres y yo no lo soy. Y a veces, en el mundo del tambor, a algunos esto se les olvida.
Invertir nuestro tiempo en participar en los actos y en mostrar las tradiciones es lo único que puede perpetuarlas. Antes de nosotros hubo miles de personas que de manera altruista se volcaron con nuestra Semana Santa: aprendieron a tocar, mantuvieron reuniones, llegaron a acuerdos, fabricaron sus tambores y bombos, los prestaron, cosieron túnicas, las regalaron, las vendieron, enseñaron a tocar, explicaron el por qué, fundaron, documentaron, fotografiaron y mantuvieron las cofradías... Eran nuestros padres, nuestros abuelos, nuestros bisabuelos, tatarabuelos, y no todos «eran de aquí». Ellos no son nadie, pero sin ellos, nada de esto existiría. Tú no eres nadie, pero sin ti, no habrá quien te releve. Enseña un toque, muestra cómo se cogen los palillos, explica qué es la Ruta, haz que lo tuyo sea también del resto, porque si cerramos el círculo en vez de estar dispuestos a ensancharlo llegará un día en el que lo tuyo, lo mío, lo nuestro, no será nunca más de nadie.
Alicia Martín. A quien quiera leer


Bonito, verdadero. Efectivamente para quien quiera leer… y pensar