La mili era un campamento para jóvenes en el que, por obligación estatal, durante un mínimo de un año ibas para hacerte un hombre hecho y derecho. Cuando llegabas al campamento te cortaban el pelo sin buscar modas, simplemente intentando que te quedase fatal; también te prestaban una ropa feísima que tenías obligación de llevar. Básicamente, en aquel lugar nos dedicábamos a juegos infantiles de la época. Algunos de los juegos que proponían ya los conocía, por ejemplo, el de la guerra; lo único que cambiaba es que ahí había mejores juguetes: para este te dejaban un fusil, balas y una cantimplora. También jugábamos a hacer puentes, a detonar explosivos y a poner minas antipersona y anticarro. Todo eso lo organizaban unos señores, en su mayoría bastante disparatados, que gritaban mucho, algo parecido a monitores de tiempo libre muy enfadados.

Entre tiro y tiro, puente y puente, y detonación y detonación, colaboré en la extinción de un incendio, me leí todos los Astérix en la biblioteca y poco más. Bueno, también conocí a mucha gente y fui líder de una banda musical que puntualmente tocaba por la tarde en el salón de actos para los compañeros y, por la noche, en la cantina, para los monitores, las esposas de alguno y algún que otro invitado o invitada que entraba a hurtadillas cuando la noche había caído.

Aquellos campamentos se organizaban desde unos despachos en Madrid y siempre el máximo dirigente había sido una persona de formación castrense; pero justo aquel año nombraron para el cargo a un tal Narcís Serra, cosa que no sentó nada bien a los monitores. No me extraña: les habían puesto de jefe a un rojillo miope que ni siquiera había hecho la mili.

Años más tarde, estábamos en Santa Coloma o l’Hospitalet (no recuerdo), preparados para empezar a tocar para unos militantes del Partido Socialista, gentes del barrio que habían estado cenando en hermandad junto a sus familiares. Nos comunicaron que esperásemos, ya que iban a hablar el alcalde y un destacado miembro del partido. Ahí estaba yo, junto a Narcís Serra. Mira tú. Al acabar su discurso se acercó a nosotros y nos preguntó si podíamos acompañarle; él iba a tocar el piano. Tocamos un par de cosas; recuerdo la segunda, el hit. Al oír las primeras notas, el público, en pie, se puso a cantar mientras nosotros tocábamos la partitura de Pierre De Geyter titulada La Internacional.

Lo que recuerdo de forma más nítida de aquel momento es la bravura con la que Narcís golpeaba el teclado, muy alejada de la sutileza y de la técnica pianística ortodoxa. Ese hombre, supongo, lo más cerca que estuvo de un conservatorio fue en alguna inauguración. La cosa es que en mi currículum como músico puedo decir que toqué con quien fue alcalde de Barcelona, ministro de Defensa de España, vicepresidente del Gobierno de España, presidente de Caixa de Catalunya, dirigente del PSC y consejero de Estado. Tócate los cojones

Coco Balasch. Asomado a mi ventana