Conocidos periodistas hace meses que vienen defendiendo la continuidad de modelos políticos en vías de desaparición, y algún analista apuesta por resolver el futuro a base de más Europa. «Europa, una y libre». Me suena algo antigua esta frase, contra la que los soñadores de hace 80 años oponíamos un futuro democrático.

Desde entonces tenemos democracia en Europa, y resulta que viene evolucionando en dirección contraria a la que nos prometían. Y ahora, todo lo que no es como lo que estamos sufriendo, lo llaman neofascismo o despotismo oriental.

Del despotismo oriental podría escribir largo y tendido, y coincidiría en muy poco con las tesis del viejo Wittfogel, que necesitó casi 600 páginas para escribir su libro titulado Despotismo oriental. He vivido y conocido ese «despotismo», que, en naciones como Japón, Corea, China o Vietnam, no ha sido otra cosa que la protección de sus pueblos contra la barbarie europea o americana. ¿Qué valores europeos han conocido? En Japón la bomba atómica, en China las guerras del opio y la colonización forzosa, en Corea y Vietnam la partición de sus países, en India el desastre que en herencia les dejó la Gran Bretaña, y un largo etcétera.

A Wittfogel se le ocurrió un análisis del despotismo oriental que hacía hincapié en el papel de las obras de riego, las estructuras burocráticas necesarias para mantener esas obras y el impacto que estas tuvieron en la sociedad, acuñando el término «imperio hidráulico» para describir el sistema. En su opinión, muchas sociedades, principalmente en Asia, se basaron en gran medida en la construcción de obras de riego a gran escala. Para ello, el estado tenía que organizar el trabajo forzado de la población a gran escala. Esto requería una burocracia grande y compleja integrada por funcionarios competentes e instruidos. Esta estructura ocupó una posición única para aplastar a la sociedad civil y cualquier otra fuerza capaz de movilizarse contra el estado. Tal estado inevitablemente era despótico y poderoso, pero era estable y próspero.

En la España de los años 60, un dirigente político, llamado López Rodó, dirigió las políticas de desarrollo económico y social. Esas políticas llegaron hasta 1975. El desarrollo español durante el período planificado fue desequilibrado a favor del sector industrial, y seguramente podemos afirmar que el desarrollo español también fue despótico, pero próspero. En Europa el resultado se llegó a llamar «el milagro español».

Yo no soy buen conocedor de los milagros, pero haberlos haylos, como dicen los gallegos de las meigas. Y es posible que un factor importante del éxito fuera la combinación de proyectos a nivel nacional en los territorios en los que se podía conseguir mejores resultados, y acaso una copia casi igual, aunque no reconocida, del despotismo ilustrado a la oriental. España también destinó recursos para crear otro «imperio hidráulico».

Los «imperios» que ahora se vienen creando por los jóvenes demócratas europeos tienden a la vuelta de los estados nacionales que se estaban disolviendo frente a las multinacionales (cosa de las derechas), y las privatizaciones y la disolución de los estados (cosa de las izquierdas). Y luchan contra los grandes nuevos proyectos que son básicamente tres: el ecologismo, el feminismo y la consagración de la diversidad entre ciudadanos, regiones y estados. Diversidad que busca un salario mínimo distinto para cada región, o el reparto desigual de la riqueza entre comunidades o la desigualdad de derechos entre hombres y mujeres. Todo esto con una oposición creciente de los jóvenes cuyas aspiraciones a casa, comida y vestido se empiezan a parecer a las de la China de Mao en 1949.

Prefiero leer a Orwell antes que a Montaigne. Orwell escribió: «El fascismo será llamado ‘antifascismo’». Es una frase de George Orwell escrita en su obra La carretera de Wigan Pier de 1937. Esta frase resume perfectamente en qué se ha convertido lo que queda de la izquierda: ya no es simplemente neoliberal, ahora es neofascista. El bipartidismo europeo, con sus antiguos partidos socialdemócratas, filiales del demócrata, mutan al neofascismo desde la izquierda neoliberal; y los partidos liberales y conservadores europeos, filiales del republicano, lo hacen al anarcocapitalismo.

El liberalismo, o las democracias, están muriendo ante la imparable hegemonía china, y por su incapacidad para hacerle frente. Por si no lo saben, no hay ninguna posibilidad de conseguirlo sin trabajar tanto o más que ellos.

Antonio Germán. Ingeniero y empresario