Vivimos en tiempos de subidas y caídas vertiginosas, ya sean de petróleo o de votos. La investidura de Azcón parece que va a ser tan ardua e inevitable como esperábamos. El choque de las dos derechas españolas de Aragón, ya que la puramente aragonesa yace al fin en paz, ha sido, como ya es habitual, un efecto colateral de la onda expansiva nacional.

La novedad es que ahora el epicentro no lo tenemos en Madrid: se encuentra en Teherán. Parece ser que el nuevo plan de liberación a base de bombardeos a civiles de la administración Trump ha terminado de desgarrar la sutura antisanchista que ayudaba a ambas derechas a converger.

El PP lleva ya ocho años empantanado porque no sabe qué quiere ser de mayor: ¿a lo mejor liberal-conservador o LGTB-friendly? ¿Antiimpuestos o prosanidad pública? ¿Demócrata-cristiano o autoritario-libertario? ¿O todo al mismo tiempo?

Vox, más que un partido, parece un búnker donde todo aquel que dude del origen y destino de su financiación queda expulsado. ¿Su ideología? El eterno derecho de autodefensa y lucha contra el terrorismo de Israel a base de bombardear civiles, en tierra ocupada o extranjera.

Hasta la bandera, la consagración de su matrimonio profano, parece que se la ha sabido robar un Sánchez pletórico ante los focos internacionales, que enmascaran el fango de su desgaste interno y que dejan a Abascal a la altura de un agente del Mossad.

Ante tal sacudida del tablero político, el PP ha estado lejos de controlar la conversación y establecer una hegemonía. Cualquier condena ha ido después de un reproche a Sánchez, cualquier firmeza ha ido detrás de una declaración dubitativa y cualquier paso hacia adelante ha ido de la mano con una predicción del fracaso de España ante la comunidad internacional que no se ha cumplido.

Ahora que el nuevo ciclo electoral parece a punto de concluir con la catarsis andaluza, Vox parece haber amortizado su último auge en las encuestas y el PP respira aliviado ante una continuidad en el poder regional casi asegurada.

Los mismos que viven de vender un discurso antipolítica en sitios donde ya han gobernado vuelven con sus nuevos escaños recién recolectados para volver a gobernar con más influencia en el mismo Gobierno, del que se habían ido, bajo el manto de los mismos jefes de ejecutivo. Al fin y al cabo, de algo tienen que vivir.

Y con la sartén en el mango y las cartas ya sobre la mesa parece que la vía aragonesa del PP ha sido más rentable que la extremeña: el centrismo absoluto se digiere mejor con virutas de Quiles. La moderación que define qué es ser moderado parece que va a ser más castigada y humillada que la moderación no definida, vivida de puertas para adentro y con sillones de sobra.

¡Pero que nadie grite victoria! Nadie sabe aún cómo va a acabar alguna de estas dos guerras. Mientras los iraníes tienen claro que su única victoria posible es la derrota de Trump, es decir, resistir hasta que el coste militar de USA y la rentabilidad de la economía mundial no dé para más, los populares deberían saber que su tibieza puede ser entendida como prudencia si el nuevo sherif del planeta y su lacayo sionista caen más pronto que tarde.

Hasta entonces sólo nos queda ver cómo de grande va a ser el trozo de pastel Pignatelli para Vox, qué clase de liderazgo va a tener Jorge Azcón y qué clase de conservadurismo se impondrá en Aragón: el que es europeo y español o el que no es uno ni parece el otro.

Tomás Celiméndiz. Graduado en Ciencias Políticas y Sociología en la Universidad Autónoma de Barcelona