Con ansias descentralizadoras dicen: Teruel existe. Pero Teruel es algo más que una capital: es una provincia con pueblos que en algunos casos están alejadísimos de la urbe que los administra desde que en 1833 se montara un sistema provincial que no tenía en cuenta ni la historia ni la realidad geográfica del Bajo Aragón Histórico. Eso se tradujo en un alejamiento kilométrico y temporal de la capital, apenas reducido con la vertebración del sistema de comunicaciones.

Hace unos días recibimos con sorpresa un presupuesto de una empresa que opera un mercado oligopolista dedicado a las certificaciones, en el que además de una cantidad fija, cobraban por desplazamientos desde la capital a razón de 60 céntimos por kilómetro (ida y vuelta), o sea 261,36 € de sobrecoste para una entidad situada en Valderrobres (y aún sería peor si estuviera en Mazaleón o Calaceite). Claro ejemplo de otro tipo de centralismo, de los muchos que podríamos enumerar.

Pero añadamos otro que también nos ha afectado recientemente. Hace meses restauramos el torreón de Valentinet, décadas abandonado por todas las instituciones. Como era lógico, nos obligaron a contratar a una arqueóloga para supervisar el desescombro. Allí salieron muchos restos de herramientas y de utensilios domésticos de escaso valor, chamuscados y oxidados, que fueron depositados en el Museo de Teruel (a 180 kilómetros de Valderrobres), donde se guardaron en cajas y fueron a parar a un almacén para nunca ser expuestos.

La Fundación pidió que las piezas regresaran a su lugar de origen, que es en el único sitio que tiene sentido que estén, como vestigio del trágico final del edificio. Además nos comprometíamos a correr con los costes de su consolidación y asumir otros costes de exposición, climatización y vigilancia. Pero no hay manera. Tardaron más de dos meses y medio en contestar y, cuando lo hicieron, se fueron pasando la pelota entre ellos y el Servicio de Museos, Bibliotecas y Archivos del Gobierno de Aragón para acabar diciendo que no.

Lo curioso es que esos mismos que dicen que no, son los que reclaman las obras de Sigena. Tal vez habría que ser consecuentes y redefinir las territorialidades, especialmente las que son tan falsas como las provincias.

Manuel Siurana. Tierra de frontera