Cómo me gusta no hacer nada. Cuánto disfruto holgazaneando, no tendría fin. Y qué vergüenza me da admitirlo.
Me encanta estar tirada en el sofá leyendo, en la terraza de algún bar de cervezas con mis amigas, o… Espera, un momento. Eso no sería estricta y literalmente «no hacer nada», ¿no? Leer y beber cerveza son, en sí, dos actos de consumo. El primero, tal vez, algo más debatible, pero definitivamente es una acción productiva, de enriquecimiento cultural. Tiene que haber algo que sea, de verdad, perezoso como una tarde de domingo. ¿Y si no cojo ningún libro y me tumbo? Sinceramente, no creo que aguante mucho sin mirar el móvil… Vale, lo tengo: un paseo por el monte. Ayer, sin ir más lejos, nos fuimos en familia a caminar: es época de espárragos y tucas, así que cogimos un puñado para hacer una tortilla de cena. Uf… recolectar es una acción, y preparar la cena, otra. No me sirve. Pero, ¿cómo se hace para no hacer nada?
Entonces lo vi. Las vi. Ellas, las señoras de mi pueblo, sentadas «a la fresca», representaban la verdadera quietud, la holgazanería en el mejor y más honroso de los sentidos. Me quedé un rato observándolas. Cada una de ellas había seleccionado previamente, en casa, una silla que sacar a la calle: las había de madera y mimbre, de camping y sillas de plástico que rezaban a su espalda a alguna marca de cerveza. Estaban dispuestas en semicírculo, en la mejor esquina del pueblo, con vistas a todo y a todos, dejando el espacio justo por si pasa algún coche inoportuno. Las veía «charrar», reírse, saludar y gesticular como solo un buen cotilleo requiere. Pero la mayor parte del tiempo estaban en silencio, mirando aquí y allá, disfrutando del atardecer y de su compañía. Ni un móvil, ni un refresco, ninguna distracción que estropee ese momento.
Entendí que hay una cosa aún más importante que intentar buscar esos «raticos» de ocio sin consumo ni productividad: vivir y dejar vivir. Porque lo que para mí puede ser placentero, como una tarde de maratón de alguna serie, para alguien puede ser una tortura. Y ese alguien, sin ir más lejos, puede ser mi marido, que estará dedicando su domingo a su nueva pasión: limpiar juguetes antiguos que ha encontrado para ponerlos a la venta en Wallapop...
No nos toquemos los ocios ni le demos tantas vueltas y respetemos nuestro derecho a la pereza, tenga la forma que tenga; solo así encontraremos nuestro propio rincón a la fresca.
Nerea Lorenzo

