Las cosas antes duraban más» es uno de los mantras favoritos de mi madre, (y de la mayoría), y el otro día me paré a reflexionar sobre él. Estaba leyendo Tiempo de silencio de Luis Martín-Santos y parte de sus palabras me recordaron la frase con la que comienzo este texto. Estas eran: «Iniciar amistades que no nos acompañarán hasta la tumba y amores que no nos durarán hasta la noche».

Un microondas antes duraba 15 años y ahora 5 de la misma manera que las relaciones que establecemos son cada vez más volátiles. No solo hablo del amor romántico, sino de cualquier vínculo que cada día es menos inquebrantable. Cuando escucho a amigos decir que llevan 6 años con su pareja me suena extraño, y a cambio he normalizado los amores de una noche. En muchos casos, ni siquiera somos capaces de decir el nombre de la persona con la que hemos compartido un momento tan íntimo, aunque sólo fueran unas horas.

Así funcionan también las amistades, que cada día son menos reales. Hoy en día se cambian a unas personas por otras en un pestañeo y, conscientes de esto, cada vez cuidamos menos de los que nos importan. No sé donde leí que si algo es real nunca desaparece, pero es una utopía. Por muy verdadero que sea un vínculo, si no lo cuidas, acaba deteriorándose y desvaneciéndose.

No obstante, puedo llegar a comprender este cambio substancial en nuestra forma de relacionarnos. Es bien sencillo, no queremos aguantar lo que nuestros abuelos soportaban sin cuestionarlo. Antes un amor era para toda la vida quisieras o no, ahora la educación a nivel emocional y psicológica nos permite adueñarnos de nuestras decisiones y decir: «no quiero esto en mi vida».

Esto no es una crítica, ni un halago, a ningún modo de vida, supongo que es cuestión de maneras de vivir, de entregar tu tiempo eterno o de descubrir cada día un mundo. Además, siempre he pensado que lo sempiterno es bonito, pero que nunca se acerca a la intensidad de aquello que sabemos que puede desaparecer en cualquier momento.

Esperanza Estévez. Huellas de palabras