Hace exactamente una semana, en este periódico se publicaba una noticia largamente esperada en el Bajo Aragón Histórico: el traslado definitivo del Hospital de Alcañiz a unas nuevas instalaciones esperadas durante casi 20 años. Lo digo de esta forma y no es un error: el Hospital de Alcañiz, todo su capital humano (o sea, todas las personas de todas las categorías profesionales que trabajamos mano a mano diariamente en él y velamos por la salud de la población), ha sido trasladado a un nuevo edificio, que efectivamente nos lleva al siglo XXI.

Pues eso, el edificio puede ser mejor o peor, más o menos cómodo, moderno, estético, con mayores avances tecnológicos, más respetuoso con el medio ambiente… pero, al fin y al cabo, sería un edificio vacío como otro más, sin las personas que día a día estamos ahí cuidando de la salud de las personas y de aquellas que, sin ejercer esa función pero desempeñando muchas otras igualmente importantes, nos apoyan en que todo funcione lo mejor posible (y a las que enormemente agradecemos su ayuda diaria). Personas y trabajo diario son lo que realmente da sentido al hospital.

Nuestras instituciones presumen de todo lo invertido, de lo que se ha proporcionado, del avance que supone para nuestro querido Bajo Aragón Histórico. No obstante, no puedo hacer otra cosa más que preguntarme: nos han dotado de un nuevo edificio y mejor material de diagnóstico y tratamiento, pero ¿realmente cuidan del Hospital de Alcañiz?

Yo creo que no.

Es voz pópuli que, debido a múltiples factores, históricamente nuestro Hospital ha sufrido un déficit crónico de personal facultativo (mencionemos honoríficamente la lista de espera de 2 años para una primera visita en consultas externas de Traumatología, o los desafíos a los que se ha enfrentado y se enfrenta el servicio de Ginecología y Obstetricia este año). Hoy mismo, nos enteramos de que la mitad de los nuevos MIR que habían elegido plaza este año en nuestro centro han renunciado a ella. Suma y sigue.

Con permiso del resto de personal que trabaja con nosotros codo con codo cada día, me vais a permitir hacer un repaso retrospectivo a la inauguración del nuevo edificio desde la perspectiva de un humilde F.E.A. (Facultativo Especialista de Área). Nos trasladan a un nuevo edificio que se ha estado planificando y edificando durante casi 20 años, al que difícilmente hemos podido echar un vistazo antes. Llegamos a nuestro despacho médico, sin ordenadores, sin teléfonos. Eso era ‘fácilmente’ subsanable; que los enchufes del despacho no tuvieran corriente y no estuvieran configurados los puertos de red ya fue más problemático. En el dormitorio había corriente, sí. La configuración del puerto de red se solucionó rápido. Pero solo había la cama. Nada que no pudiéramos solucionar trasladando la mesa de ordenador, la silla de escritorio y el ordenador mismo desde el viejo edificio con nuestros coches particulares.

Se acercan las 3 de la tarde, y hay médicos que se van a quedar en el hospital hasta el día siguiente (así son las guardias médicas, las enfermedades no descansan). ¿Dónde vamos a comer? No se sabe. Al final comemos en la cafetería de personal (de momento, una sala vacía, porque claro, 20 años para planear la cafetería, al menos ya no para nosotros, sino para los familiares y pacientes, no han sido suficientes). Nos dejan bandejas con comida, tal como se sirven a los pacientes. Bien. A los pacientes ingresados se les ofrece cada día un papel en el que pueden elegir entre varias opciones (dentro de sus restricciones médicas). Nosotros no tenemos ese privilegio. Se sirven a las 14:00 en punto, y nosotros (cuando terminamos de atender pacientes en Urgencias y quirófano) llegamos cuando son las 15:30. No hay microondas para calentar la comida. Tampoco nevera para mantener el agua o la comida refrigeradas. Parece que van a instalar 4 surtidores de agua en diferentes espacios del edificio para abastecernos (reponer botellas de agua cada día debe ser demasiado complicado, mejor acudimos nosotros a los abrevaderos). Nuestro lugar para comer y cenar va a ser una sala sin ventana ni iluminación natural (con la de cristal que hay en el nuevo edificio, pobre personal de limpieza…), y sin cerradura de momento; puede entrar quien quiera y comer (y alguno de nosotros nos quedaremos sin comida, que se sirven las bandejas justas). Parece que por fin, al cabo de una semana, vamos a disponer del carro de comidas que teníamos en el viejo centro y que tanto luchamos para recuperar después de perderlo en la crisis del COVID.

Tarde movidita, no pisamos nuestro lugar de descanso hasta entrada la noche. Está justo en el pasillo en el que trasladan los pacientes de Urgencias a Radiología para hacer las pruebas complementarias que precisen. Parece un pasillo del Mercadona un sábado por la mañana aunque sean las 3 de la madrugada. Y nueva sorpresa: las habitaciones no tienen cierre (si lo tienen, electrónico, las tarjetas de bloqueo llegarán en un futuro que deseamos no sea muy lejano). Puede entrar y salir cualquiera, usar tu cepillo de dientes y husmear qué ropa interior llevas… Para poder ducharse con cierta tranquilidad, descubrimos que la silla de escritorio (sí, la que hemos traído) nos sirve para atrancar la puerta. También hay que ducharse rapidito, que los sensores de movimiento del baño se apagan enseguida y te quedas a oscuras, todo enjabonado.

Amanece, que no es poco, y realizas tus tareas asistenciales de la mañana. A las 3 de la tarde te vistes ya con tu ropa de calle y antes de salir miras el contador de pasos. 23.000 desde que llegaste ayer. Desde luego, este edificio es enorme. Creo que voy a anular mi bono del gimnasio. Lastimosamente, tampoco se ha recordado que a los médicos nos gusta desayunar (qué manías más raras, oye), por lo que a estas alturas nos comeríamos una vaca entera si no fuera por las máquinas expendedoras, que pagando religiosamente nos ofrecen snacks, aunque a algunas de ellas ya les guardamos luto (espero que estén en garantía). También parece que, después de una semana, van a comenzar a servir desayuno.

Y con esa sensación me voy a casa después de 32 horas de trabajo. ¿Realmente cuidan del Hospital de Alcañiz, o han cuidado la estética del edificio sin pensar en aquellos que lo van a usar?

Antoni San Antonio Abellán. Alcañiz. Correo del Lector