Por segunda vez en mi vida laboral, he vuelto a tomar con asiduidad la carretera que lleva desde el Bajo Aragón a Teruel capital. Pasar justo al lado del patrimonio ferroviario industrial abandonado de Alfambra o Villalba Baja me ha despertado los mismos sentimientos melancólicos que ya hizo en 2021 y que había anestesiado hasta este año.

Y no es para menos. De haberse finalizado en las primeras décadas del siglo XX la línea Teruel-Alcañiz, el destino social y económico de toda la provincia hubiese cambiado drásticamente. Quizás, y teniendo en cuenta esa geografía central entre Madrid y Barcelona, no estaríamos hablando hoy ni de España Vaciada.

Lo que pudo haber sido nunca lo sabremos, pero no puedo evitar que mi corazón se encoja cada vez que cae al suelo una tesela de los agrietados carteles que marcan el nombre de la parada en lo alto de las estaciones de los pueblos.

Resultó que nuestra inclusión en el Plan preferente de Ferrocarriles de urgente construcción en la Dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) no era ni tan preferente ni mucho menos urgente. La obra, que comenzó en 1927, conectaría dos de los núcleos más relevantes de Teruel, pasando por varios de sus pueblos hasta enlazar con Baeza (Jaén) hacia una dirección y hasta la localidad francesa de Saint Girons por la otra.

No solo abría las posibilidades de desplazarse a lugares terrenales de la zona de una manera sencilla, sino que podía haber sido puerta de entrada de muchas empresas que hubieran decidido echar raíces en el territorio. Pero la rentabilidad económica cortoplacista y el centralismo nacional terminaron sobreponiéndose al bienestar social presente y futuro de toda una provincia. Se paró. Se retomó. Se volvió a parar. No éramos viables económicamente, al parecer. Aquella moneda salió cruz, pero viendo la cementera de Andorra y el estado de algunos polígonos industriales, solo me puedo preguntar si aquella divisa intergeneracional tuvo, alguna vez, cara.

En fin, con los años parece que irremediablemente paso de la denuncia al lamento jondo, escribiendo con las mismas frases una oda que ya empezaron los Strokes con los Mets, un ente que, como Teruel, se relame las heridas mientras observa la caída desde abajo del ribazo: «lo único que queda somos nosotros, así que perdona el silencio que estás escuchando. Se está convirtiendo en un ensordecedor, doloroso y vergonzoso rugido».

Rubén G. Bielsa