Llevamos mucho tiempo, quizá siglos, que nuestra sociedad esta envenenada por el odio. A quien le interesa que nos odiemos, o… ¿Es que somos así?

Leyendo y escuchando uno se encuentra con una pregunta: ¿Qué se han hecho los españoles de unos a otros para odiarse tanto? Es algo difícil de entender, pero que ahí está. Un país que siempre se ha denominado mayoritariamente cristiano y que ser cristiano es un compromiso con el prójimo basado en el amor, en fomentar la amistad, la solidaridad, la tolerancia y la comprensión más allá de cualquier barrera humana.

Jesús, cuando le preguntaron que cuál era el mandamiento más importante, dijo: «Primero, amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente. Segundo: Amarás a tu prójimo como a ti mismo». ¿Dónde están los más cristianos de este país?

Dijo Joan Baldoví. «Algunos comparan el congreso de los diputados con el patio de una escuela. Efectivamente, en el patio de una escuela hay griterío y barullo. Pero en el patio de la escuela encontramos alegría. Aquí encontramos odio, rencor, inquina…». Sus señorías, van a colegios de pago, pero la mala educación la llevan siempre encima.

Un país en el que todo nos divide, en el que los buenos se callan llegando a la cobardía, en el que pensar diferente es una trinchera, en el que nueve cabezas embisten y una piensa. Un país maravilloso, pero que algunos tratan de apropiárselo, sin contar con que hay más habitantes tan dignos como ellos y con iguales derechos.

Se odia desde a nuestros presidentes, que nos caen lejos, hasta al vecino, que tenemos al lado. ¿Pero… por qué se odia tanto?

Si en el Congreso de los Diputados, que se supone que están nuestros representantes más cualificados de las diferentes ideas y pensamientos, no son capaces de respetarse y la persona que ejerce la Presidencia de Las Cortes, no es capaz de sacar del hemiciclo a aquellos que interrumpen e insultan a quien tiene el uso de la palabra, ¿Qué podemos esperar?

Según el diccionario, odio es un sentimiento profundo e intenso de repulsa hacia alguien que provoca el deseo de producirle un daño o de que le ocurra alguna desgracia.

Según Thiebaut: «El odio es una emoción, que puede ser manipulada, especialmente por demagogos. Los odios públicos buscan causar mal a un colectivo concreto y suelen ser caldo de cultivo para diversas manifestaciones, como los delitos de odio o los genocidios».

Pero ojo, el odio nos convierte en tontos útiles. ¿Quién mece la cuna?

Pascual Ferrer. Érase una vez