Hay virutas de madera con cenefas de colores y polvo de grafito en la papelera.
Plumier listo, libretas, libros, carpetas… La ilusión de los preparativos. El verano queda ya muy atrás y ansías volver al orden y ritmo de clases y horarios, ver a los amigos, y jugar y jugar. Nada de exámenes aún en el horizonte. Extraescolares nuevas en un despliegue de disciplinas inimaginable hace no tanto.

En Alemania hacen una fiesta el primer día de escolarización de un niño (Einschulungstag). El acceso a Primero de Primaria es un hito. La entrada y acceso al conocimiento, y salto al siguiente grado donde la sociedad es aún permisiva con la infancia.

Para ese día se le regala al niño un cucurucho grandísimo invertido, cubierto de celofán y decorado con cosas relacionadas con el alumno y que suelen hacer sus padrinos. Va cargado de dulces, lápices, reglas, gomas, clips, plumier (algunos cuestan una fortuna).
Es un día importante y reúne a toda la familia. Los profesores reciben a los alumnos y luego, todos al patio con música. Se va a comer… como una primera comunión. A la pequeña le hicimos un cucurucho chiquito. Se les suele hacer a los hermanos pequeños para minimizar el agravio comparativo.

Ese olor a lapiceros recién afilados me retrotrae a unas cuantas décadas muy cercanas.
Mi tío con una camisa con apresto, blanca que parecía irradiar medio sol, nos daba un duro: Estudia hijo, que trabajas para ti, decía, dándonos una caricia medio colleja para no parecer demasiado blando como para hacer zalamerías.
Sacó mi abuelo, envuelto en periódicos, la cartera de cuero que llevaba mi padre a «las monjetas».
¡Toma! ¡Cuídala!

Los pantalones cortos dejaban ver las gusaneras de las rodillas, verdaderas condecoraciones al ángel de la guarda.

Las moscas dibujaban formas geométricas en el aire, tejiendo palabras inconexas. Y es que Doña Flora me había puesto ejercicios de caligrafía para mejorar la «letra junta».
El trozo de pan con una onza de chocolate consolaba la dura mañana.

Esa cartera la han llevado mis chicas hasta cambiarla por una de Bob Esponja la una, y otra inmensa con ruedas la otra. Valía para un pizarrín, un cuaderno, un lapicero y el almuerzo, pero no da para el volumen que acarrean ahora.

Parece que esté ocurriendo todo simultáneamente en un circo de tres pistas: tres generaciones.
¿Será la melancolía otoñal? Es la reunión de «los quintos» que ya empieza a mover los posos.

Rubén Vidal. Caballete de Papel