Hoy va de nombres. Algún día, si Dios me da salud y ganas, acometeré la tarea de escribir el Diccionario de Caspolinos Relevantes. Y el primer nombre será OSORBER BANEBA, que era el señor cuyo nombre figura en una estela funeraria ibérica del siglo V a.C. que fue descubierta en 1974 por el recordado maestro Jesús Jiménez en un paraje cerca del Portal de Milans, camino de Alcañiz.
Los doctores Pellicer y Martín Bueno, arqueólogos de raza, tradujeron los enrevesados y pétreos signos epigráficos de la sepulcral con el nombre del «caspolino» allí enterrado. Osorber Baneba es el primer personaje local del que tenemos constancia.
Es muy importante el nombre de una persona, (no solo los que se llaman Ernesto). Es su primera seña de identidad, pero no es solo una etiqueta. Suelen reflejar creencias religiosas, modas sociales y, sobre todo, tradición familiar, pues los padres honran a sus antepasados.
Desde luego, los nombres propios indican la pertenencia cultural u origen antropológico. Por su nombre es posible adivinar el origen geográfico de las personas que viven en Caspe y pertenecen a cincuenta nacionalidades y a los cinco continentes.
En español, puede casi adivinarse la edad de una persona por su nombre. De mis tiempos jóvenes, los más usados eran José, Antonio y Manuel para ellos y María, Carmen o Pilar para ellas. Ahora oigo Dilan, Ian, Thiago… o Emna, Mila y Chiara entre mil importados. Todavía no he visto a nadie que se llame Osorber, pero todo se andará.
Hablar de nombres excede la enjundia de una columna, daría para un libro bien gordo. La termino en los 2.200 caracteres con una confesión.
Hace unas décadas, cuando escribía de pueblos y castillos en Heraldo, mi amigo el escritor J.A. Román me obsequió con un seudónimo confeccionado con todas las letras de mi nombre, ni una más ni menos, pero colocadas en otro orden. Me decía que no hay escritor que se precie que no tenga seudónimo, incluso varios.
Me bautizó como Abel Múgica Lacubilla, curiosamente un nombre escrito con las mismas letras que Miguel Caballú Albiac, incluso la tilde en la «u». Ahora me escribo cartas a mí mismo como esta («Cartas a Abel») porque tener que pensar para escribir sirve de gimnasia mental y, a veces, para entender este revoltoso, incierto pero maravilloso mundo.
Abel Múgica será el último nombre de mi diccionario.
Miguel Caballú

