Hay una cigüeña vieja que los turolenses reconocerían de lejos, aunque nunca haya llevado anilla ni figure en ningún registro ornitológico. Durante muchos años construyó su nido sobre el campanario de un edificio levantado piedra a piedra desde finales de los años 70, un edificio con nombre propio al que todos llamaban, para entendernos, aragonesismo.
Vivía allí con la seguridad de quien cree que un nido bien tejido dura para siempre. Cada primavera reparaba una rama, ajustaba una brizna de paja, revisaba el equilibrio de las ramitas como quien revisa una casa que espera heredar. Los vecinos se acostumbraron a mirar hacia arriba y encontrarla siempre en el mismo sitio, tan fija en el paisaje que costaba imaginar el campanario sin ella encima.
Pero las torres envejecen aunque nadie las mire envejecer, y esta no fue distinta. Primero fue una grieta diminuta junto a una ventana, después otra bajo la cornisa y, más tarde, una tercera que ya no disimulaba. Durante un tiempo, el campanario aguantó con dignidad de lo que fue importante. La cigüeña seguía arriba, aunque otros pájaros empezaban ya a buscar otros tejados. Hasta que un día cambió el viento. Ramón Millán extendió entonces las alas hacia Vox, después de 22 años como alcalde de Castellote y de haber presidido la Diputación de Teruel entre 2015 y 2019.
Dice que el cambio es relativo, que en el PAR cabían muchas sensibilidades, que sus pactos siempre estuvieron a la derecha y que el aragonesismo, tal y como él lo entendía, ya no existe. También dice que lleva experiencia, agenda y contactos.
Lo de la identidad, por cierto, ya se lo había explicado él mismo a los turolenses hace cinco años, aunque entonces todavía no sabíamos que hablaba de sí mismo. Cuando dejó la alcaldía publicó en redes una cita de Elliot Gould: «Nadie puede ser esclavo de su identidad. Cuando surge una posibilidad de cambio, hay que cambiar». Hay frases que esperan años hasta que la vida les encuentra otro significado.
No es la primera vez que ocurre. En política, las cigüeñas cambian de campanario con una frecuencia que sorprendería a cualquier ornitólogo. Unas descubren que el nido antiguo ya no representa sus ideales, otras que el nuevo tejado se parece mucho más a lo que siempre pensaron y algunas aseguran que solo han cambiado las siglas. La vocación de servicio a la tierra, esa sí, viaja siempre en la maleta.
Millán ha dicho que tiene legitimidad para utilizar sus contactos y elaborar listas; Nolasco ha recordado que las candidaturas serán una decisión colegiada. Es una pequeña escena de esta comedia de campanarios: la cigüeña llega con la libreta de teléfonos y desde abajo le explican que el tejado tiene comunidad de propietarios.
Y luego están las hemerotecas, que son esas habitaciones donde el pasado duerme con un ojo abierto. En 2016, unas declaraciones de Millán sobre trabajadores con discapacidad provocaron una dura reacción del CERMI Aragón, que calificó sus palabras de «agresión» y le exigió disculpas. Las disculpas llegaron después. Las hemerotecas, en cambio, no suelen llegar a ninguna parte, se quedan allí quietas esperando a que alguien vuelva a necesitarlas.
No hace falta decidir si Millán tiene razón al abandonar el PAR, si Vox es realmente su casa natural o si el viejo partido aragonesista murió antes de que él saliera por la puerta, porque de eso ya se encargan los votantes, que son los únicos propietarios de las urnas. Basta con mirar al cielo. Cada vez que cambia el viento aparecen discursos nuevos sobre principios, servicio, identidad y la necesidad histórica de dar un paso adelante. Cambian las siglas, cambia el despacho, cambia el argumentario y, milagrosamente, la vocación permanece intacta.
Importa menos lo que dicen las cigüeñas cuando emprenden el vuelo que el campanario que dejan atrás, el que encuentran delante y quién las esperaba ya con la puerta abierta. El viento sopla para todos y las cigüeñas saben bien cuándo levantar el vuelo. Desde abajo, casi siempre parecen las mismas alas.
Jorge Herrero. Papel y pixel

