Dicen que el «coronavirus» pretende entrar. Que está dando empujones a las puertas. Pero que han dicho que no le abran: que a este desaprensivo no hay modo de echarlo si se cuela.
Acaba de sorprender a unos ancianitos cobijados en su conventículo y los ha barrido de un soplo después de haber hecho estragos. Estaban tan vivos como usted y como yo hace apenas unos días, pero ya no tienen noticia de nosotros ni de ellos mismos. Parece que se colaron por algunos resquicios con apenas la brisa y se fueron al Hades a conversar con Virgilio, Napoleón y Carlos Marx.
Va a ser cuestión de empeñarlo todo si no queremos correr la misma suerte. Un conspicuo militar ha advertido que «estamos en guerra» y nos ha recorrido la espalda una corriente eléctrica como cuando nieva y se abre una ventana. Más de siete mil compatriotas han engrosado la lista de decesos en toda España en pocos días, y ese usurpador de dignidades que quisiera erigirse como Torre en la esquina española de Oriente a fuerza de esparcir estiércol y encenagarse en él por el Canal de la Mancha, esta culpando a los políticos que con mejor o peor fortuna actúan, de la suerte que están atrayendo con su pereza, su incapacidad, su rencor, sus intrigas y su pigricia.
Entretanto, si no somos capaces de someter a los virus y las intrigas secesionistas, habrá que hacer tan lento como podamos el acoso y su progresión, para dar tiem-po a que lleguen refuerzos. Es cuestión por lo menos de entorpecer el paso y no ceder en el «tirasoga» en el que competimos a brazo partido. Y no importa que no seamos habilidosos haciendo verduritas, zumos, tisanas, o sopas, ni poniendo fuego a un bistec de ternera o achicharrando unas de esas salchichas que llamamos de franfourt, si somos capaces de crear la fantasía de una «boite» de postín, para crear ilusión y dar alegría a los mustios penitentes del «coronavirus» planetario. Y eso ha sucedido.
En el momento mismo en que estaba refiriéndome a la estolidez de los ayatolas más reaccionarios de la esquina oriental de la Península, me han puesto a escuchar los latidos de la vida en un barrio tan castizo como El Guinardó de Barcelona, en el que un benemérito vecino desconocido se ha pasado quién sabe los días --y las noches-- de vigilia, preparando por sorpresa una «discoteque» como la del «cheli» que «iba a hasé un güateque para el personá» con el fin de alegrarle la vida al callado y honesto vecindario.
Se oían el jaleo, el bullicio y las risas de los jubilosos convecinos que, cada cual en su casa, asentía con su presencia la ecléctica programación del disc-jockey que pretendía entretener al distinguido público –una de cal y otra de arena-- con música disco, hevy-metal y hasta alguna ranchera para lo excluir a nadie, mientas hacía florecer, desde la silla de mezclas, los destellos más brillantes, los contrastes más audaces, los sonidos más agrios y más cálidos de una noche de fiesta.
Y uno pensaba que si son necesarios el pan, la higiene y las medicinas, además de la voz de los amigos y la intimidad de los familiares que unas veces exultan y otras parecen adormecerse, no deben desdeñarse el esfuerzo y el trabajo de quienes, desde la alegría y al borde de la depresión, hacen tanto por nosotros.
Darío Vidal

