Leía hace unos días que una novela escrita por Inteligencia Artificial (IA) lidera la lista de éxitos en Japón. No me sorprende, pero tampoco me asusta. Antes sí lo hacía. Pensar que esta herramienta al alcance de cualquiera puede quitarme el trabajo de correctora de textos o de escritora me tensionaba la mandíbula y alguna noche me quitó el sueño. Me ha costado un tiempo asumir que la IA está aquí, es imparable y demasiado útil como para ponerme en contra. Solo en Amazon hay más de cinco mil títulos firmados por ChatGPT. Ahora bien, que sea legal y que escriba novelas no quiere decir que lo haga igual que un autor de carne y hueso.

Es cierto que la IA es capaz de crear personajes, de reestructurar tramas, de adaptar una obra a cientos de idiomas, de ayudar a superar el tan típico y temido bloqueo del escritor; en cambio, la IA no puede ahondar, y dudo que lo consiga a corto plazo, en la profundidad humana. Somos demasiado complejos. Estamos demasiado locos.

La falta de originalidad y el riesgo de similitud también juegan en su contra. A estas alturas de la historia, todo está escrito. Solo el escritor real es capaz de dar otro punto de vista, un tratamiento diferente y más humano (ahí está la clave) a los mismos temas y géneros de siempre: celos, amistad, aventuras, crímenes, amores y desamores

No, la IA ya no me da tanto miedo como antes. Tampoco en mi profesión de correctora. Claro que es capaz de poner puntos y comas, pero no detecta si el protagonista es demasiado plano, si un personaje sobra, si un diálogo aburre o si resulta que todas las voces suenan igual. La calidad de una obra no depende solo de reglas lingüísticas, el componente humano es indispensable. Ha aprendido a imitarnos, pero nunca será como la versión original. Y eso me consuela.

Habrá lectores que prefieran leer una novela creada por IA a las mías, habrá autores que corrijan sus obras con esta herramienta y pasen de contratarme. Hace tiempo que aprendí que cada obra tiene sus lectores y no hace falta gustar a todo el mundo. No es necesario rendirse a los cánones que dicta el mercado ni bajar la calidad para aumentar la productividad. Quien quiera, que me lea o me contrate. Quien no, ahí está la IA. Y está bien.

Cristinica Gómez. Cosas de locos