En el último mes, he sabido de tres casos relativamente próximos de personas que se han suicidado. Me chirría muchísimo este nuevo discurso sobre salud mental donde damos por normal intentar quitarnos la vida y que ocho de cada diez mamás reconozcan a las puertas del colegio que toman ansiolíticos a diario. No podemos normalizar una situación que no lo es. Baja la media de edad en diagnósticos de trastornos mentales y aumentan los intentos autolíticos.
No puedo quedarme callada cuando creo que existen herramientas suficientes y al alcance de la mano para frenar en seco esta locura. No hablo de incrementar los recursos económicos ni de la necesidad imperiosa de que haya más profesionales y más tiempo de atención, que es obvio, sino de las muchas posibilidades que podemos ofrecer como sociedad, del poder de la palabra y de la capacidad innata de escucha que posee, si quiere, el ser humano.
Muchísimos trastornos mentales derivan de un malestar vivencial mal gestionado a lo largo del tiempo. No hacen falta grandes traumas para acabar en psiquiatría. La pérdida de un ser querido, una ruptura amorosa, que te echen del trabajo, una enfermedad… son vivencias habituales, que muchas veces no sabemos o no disponemos del tiempo necesario para gestionar. La rutina y el ritmo de vida acelerado no facilitan el asimilar lo que nos va ocurriendo. Así, la suma de pequeñas vivencias sin gestionar va formando una bola cada vez más grande, que es probable que acabe rodando cuesta abajo y sin control. Trastornos de insomnio, de ansiedad, alimenticios, depresivos… muchos vienen de ese malestar que no cesa, que va creciendo y al que no tenemos tiempo de hacer caso.
Detener unos segundos el movimiento de la rueda del hámster, expresar lo que nos pasa por la cabeza, sentirnos escuchados y validados, sin juicios de por medio, bastaría para mermar, retrasar o incluso evitar la aparición de muchos trastornos mentales. Necesitamos poner en palabras lo que sentimos y que nos escuchen. Necesitamos disponer del tiempo para parar y comprobar si lo que pienso, siento, digo y hago tiene coherencia. Si todo está en orden o puedo mejorar mi bienestar de alguna manera, si mis valores están intactos. No se trata de ser feliz a todas horas, se trata de perseverar y tener constancia de ánimo ante las adversidades. Para ello necesitamos un sostén social. Palabras, orejas, unos minutos y poco más.
Cristinica Gómez. Cosas de locos


Tienes mucha razón y mucho sentimiento, Cristinica. Hermoso artículo.
Cuantos años pasamos formándonos en el sistema público de educación?, cuanto aprendemos de emociones, de comunicación, de escucha activa o de gestión de conflictos?… nada. Salemos con la cabeza llena de datos absurdos que almacena la Wikipedia y no sabemos qué hacer cuando un amigo o un familiar atraviesa por una depresión.
Tenemos las prioridades un poco alteradas. La felicidad, el hedonismo, el placer en la cumbre. En la base, la soledad.
Gracias por recordarnos que ante la ineficacia del sistema Público de Salud, podemos tomar las riendas de nuestra vida.
Siempre tan acertada.
Un abrazo, Cris.