Cuando llegué por primera vez a Pancrudo la impresión no fue buena. Las primeras impresiones suelen estar condicionadas por tu autobiografía, el estado de ánimo o el cansancio, y en mi caso coincidieron todos esos factores en contra de Pancrudo.

En los ochenta recorrí España como músico de orquesta de baile. Los viajes eran interminables y muchas veces nos encontrábamos con malas infraestructuras. Algunas de las experiencias más duras las viví en la provincia de Teruel, sobre todo en las cuencas mineras, donde el descontrol del público y la precariedad organizativa me dejaron un recuerdo amargo. Aquello me quedó grabado y acabé asociando Teruel con incomodidad, desgaste físico y psicológico.

Abandoné las orquestas y me pasé a otras músicas y a actuar en teatros y auditorios; años después volví a aquella vida orquestera, y cuando vi en el calendario una actuación en Pancrudo (Teruel) regresaron esos fantasmas.

Hacía un calor sofocante, viajábamos en una furgoneta sin aire acondicionado, con asientos muy incómodos, y el trayecto se me hizo eterno. Al llegar, la plaza estaba vacía, el escenario a pleno sol, no había ni agua. Sentí revivir aquellas actuaciones ochenteras; me sobrevino una intensa angustia, además de muchas ganas de volverme a casa.

Sin embargo, tras empezar a tocar, mi humor cambió. El público respondió, conectamos y acabé sacando ese personaje que en ocasiones mostraba y que había ido construyendo con los años (mientras el líder presentaba las canciones y demás cosas que suelen hacer los cantantes orquesteros para agradar al público, mi personaje, paralelamente, iba soltando comentarios jocosos, normalmente surrealistas).

La noche resultó sorprendentemente agradable. Conocí a gente estupenda (entre ellos, los Tena) y comprendí que la provincia había cambiado. Me fui de Pancrudo con una camiseta azul con tipografía de Toro Sentado y la sensación de haber estado en un lugar fantástico.

Un tiempo después regresé a la zona para actuar en Mezquita de Jarque. Estaba triste: la tarde anterior me había declarado a la mujer más bella que he conocido y fui rechazado. No tenía ganas de tocar; solo quería volver a casa y meterme en la cama.

La actuación avanzaba lenta. Tocaba sin mirar al público, cabizbajo. Decidí no hacer mi monólogo. Los minutos se arrastraban y la tristeza me pesaba.

De repente ocurrió algo inesperado. Un grupo del público empezó a corear: «¡Que hable el bajista! ¡Que hable el bajista!». Levanté la vista: eran personas de Pancrudo que habían venido expresamente a verme; bueno, más bien a oírme hablar. Poco a poco se sumaron vecinos de Mezquita a la coral, hasta que toda la plaza coreaba la consigna.

Agradecido, les sonreí y ya no paré de hablar hasta el final del concierto. Aquella noche hubo una guerra de sandías en Jarque… pero esa ya es otra historia.

Cuando regresé a Zaragoza empezaba a clarear. Al llegar a mi portal vi a alguien sentado. Era ella. Me estaba esperando. Nos besamos y desde aquel día vivimos juntos.

Coco Balasch