Hace unos días celebramos que el ser humano ha vuelto a la Luna por primera vez en 50 años. La ha rodeado hasta su cara oculta y ha regresado exitosamente a su casa planetaria después de diez días de travesía espacial y con el mundo en vilo. Para ello ha vencido leyes físicas y ha contemplado la Tierra desde fuera. Desde esa distancia imposible donde no importan las fronteras, sino que todo se reduce a una esfera azul y compartida.

Vista desde ahí, venimos del mismo sitio y habitamos un punto privilegiado en el universo. En palabras de uno de los cuatro astronautas protagonistas de la hazaña, Víctor Glover, tenemos "un oasis donde podemos existir juntos". Siguiendo con su reflexión, este logro, más allá de la tecnología y la carrera espacial que lo ha motivado, para muchos dice algo profundamente humano.

Pero mientras celebramos los avances de la misión Artemis II que nos elevan como especie, convivimos con guerras interminables impulsadas por la codicia y el odio al prójimo. El mismo ingenio que nos permite calcular con precisión milimétrica trayectorias espaciales lo usamos para diseñar armas cada vez más letales. La misma ciencia que nos acerca a las estrellas también nos condena a estrellarnos, sobre todo en valores fundamentales de la convivencia y los derechos humanos.

Nuestra extraordinaria evolución sigue sin ser suficiente para salvar a millones de personas de la destrucción y del terror de las bombas. Quizás sea esta la mayor contradicción del mundo moderno: la de una especie capaz de mirarse desde fuera y entender que la Tierra es nuestra única casa, y al mismo tiempo incapaz de dejar de dividirla y destruirla.

Allá fuera no hay enemigos, ni zonas ocupadas, ni ultimátums, solo un universo de posibilidades que se abre al sueño de la humanidad y a su ilusión de traspasar sus límites para conocer más allá. Todo ello mientras aquí dentro hacemos méritos para encaminarnos a la Tercera Guerra Mundial.

Tal vez el verdadero salto pendiente sea el ético. Porque si algo nos han enseñado esas imágenes lejanas de nuestro planeta es que, nos guste o no, somos uno. Y mientras no asumamos esa verdad elemental, cualquier conquista, por grande que sea, seguirá siendo incompleta. Conquistamos la Luna, sí, pero no somos capaces de conquistar la paz. Toda una paradoja universal.

Iulia Marinescu