
Estamos acostumbrados a una recompensa: salario por trabajo, conocimiento por estudio, forma física por ejercicio, amor con amor se paga…
Se entiende que una empresa pueda quebrar y que sus activos se hayan quedado disueltos entre facturas, impagos, material obsoleto, mercancía no vendida en stock…
La inversión en dedicación, esfuerzo y afecto resulta «sin recompensa», pero entendemos que ha habido una disolución por razones variadas que se ha filtrado entre rendijas. Que fracase un grupo humano, una amistad o pareja con graves pérdidas emocionales, son fruto de una transformación, no una desaparición: el triunfo se convierte en fracaso, el amor en desamor, si no en odio, etc...
Estaba pensando en una de las parejas cómicas más extraordinarias del mundo mundial: mi Yaya Chón y la Tía Ina. No se podía tener más gracia, porque no lo pretendían. Las dos hermanas no representaban ningún rol, aunque sí lo hacían de forma natural como las parejas de cómicos clásicos: una era la payaseta (que no lo era) y la otra la seria, que pretendía poner lo que ella decía «formalidad», y se tenía que morder los labios para no esclafarse con las ocurrencias y ganas de reír de la Tía Ina.
No se las podía querer más, y ellas nos enseñaron a querer sin cuartel, de modo tan pleno, absoluto, sin fisuras, parasiemprejamás, de tal densidad casi física que llegaba a doler en el pecho por su tendencia a expandirse hasta explotar.
Se fueron hace tanto ya, y nos dejaron en el corazón la dulzura amarga de la ausencia tan querida, de una orfandad que consideras injusta a pesar de haber tenido la dicha de haberlas tenido como regalo.
La inoculación de «bienquerer» conforma carácter, enseña a amar, vive en nosotros y es contagioso.
El recibido, recibido está, guardado, cultivado y transmitido a su vez.
El dado, dado está. Fue recibido y compartido, pero se sigue queriendo sin pausa a quien se fue. ¿Adónde se va el amor «de verdad, del bueno» que canta Julieta Venegas, dirigido a quien ya no está? Es como un surtidor al que se le arranca el grifo y sigue derramándose su contenido como si fuera inagotable. ¿No hay ningún regulador que le diga al cerebro que redirija su atención? ¿Realmente no se fueron los que se van y quedan ectoplasmas sorbiendo esa energía? ¿Hay una cajita secreta donde se guarda todo ese cariño?
Así es la magia real. Hay amores que son parasiemprejamás.
Rubén Vidal. Caballete de papel

