Mi padre nació en Belchite en 1913. La frágil salud de su madre impedía que pudiera amamantarlo, por lo que fue necesario encontrar una criandera. Ocurrió que en el cercano pueblo de Letux una mujer acababa de ser madre y se hizo cargo del niño belchitano. Mi padre tuvo pues un hermano de leche con el que mantuvo una relación familiar íntima hasta su muerte.
Ocurría, con una frecuencia inaceptable, que a veces un niño quedaba sin madre, o que su madre lo abandonara. En estos casos existían casas cuna en las que los niños eran atendidos por docenas de nodrizas que hacían de su oficio el medio de ganarse la vida. Las amas de leche mantenían la vida. En Zaragoza, estos servicios, que tenían una larga historia, eran públicos y de los niños abandonados se hacían cargo las instituciones del Reino. Con el paso de los siglos cambiaron los nombres, pero siguieron las situaciones de abandono y viejas instituciones siguieron atendiendo a los más necesitados.
En el Reino de Aragón existió la figura del Padre de Huérfanos, y con los años se crearon las Casas de Misericordia, las casas-cuna y los hospicios públicos. La sociedad, a pesar de sus carencias, siempre ayudó a los más necesitados, especialmente a los niños. Muchos lectores saben que la zaragozana Plaza de Toros se creó para allegar fondos con los que cuidar y educar a los más abandonados. Se llamó Plaza de la Misericordia. Con el paso de los años se crearon los primeros bancos de leche y, más recientemente, las leches artificiales que tantas vidas han salvado.
Ya en el siglo XX algunas de las viejas instituciones eran, a todos los efectos, la seguridad social de los niños y niñas, que aparte de sus necesidades materiales recibían formación en valores sociales y en oficios. Cuando yo nací el enorme centro que los atendía llevaba el nombre de Hogar Pignatelli. Fueron especialmente conocidos sus talleres de imprenta, los de confección, los de carpintería o de panadería, y especialmente los estudios de música. La Banda del Pignatelli fue famosa en fiestas y conciertos y en los actos y ceremonias públicas.
A principios de este siglo, viví en China la avalancha de familias españolas que querían adoptar niños. China adaptó sus leyes para salvar a muchos niños de un futuro incierto, pero pronto tuvo que reformarlas ante lo que les llegó: parejas sin formar una familia, demandas de homosexuales y lesbianas, gentes sin recursos para hacerse cargo de una criatura y con malos antecedentes penales o sociales, que en su cultura no se consideraban adecuados para la crianza y educación de un hijo. Los chinos nos recordaron la importancia del amor filial, del respeto a los ancianos y de sus propias leyes para regular el matrimonio y los hijos.
Viene todo esto a cuenta de las discusiones que se llevan a cabo sobre lo que se debe o no se debe hacer con los menores que llegan a España y con los inmigrantes que, según las procedencias, llegan sin papeles o incluso con estudios que no se les conmutan. Y hablo de cosas tan fáciles de arreglar como el reconocimiento de un carnet de conductor profesional. La ausencia de instituciones públicas necesarias para gestionar estas situaciones, y la sensación muy generalizada de que muchos problemas que sufre nuestra población no se están atendiendo debidamente, hace que un número muy creciente de españoles se estén mostrando contrarios hacia los nuevos «vecinos».
La llegada en los últimos años de varios millones de personas que necesitan servicios, vivienda, escuela y trabajo están produciendo un gran desfase entre lo que tenemos y lo que se necesita, y esto se resume con pocas palabras: los servicios públicos se estan deteriorando. Así que lo justo es mejorarlos.
Cuando vemos cómo en el pasado nuestra nación, escasa de recursos, actuó para ayudar a los más débiles no podemos entender ni aceptar que no se recuperen los principios y las instituciones necesarias para resolver los problemas. Problemas que no son nuevos, porque España siempre ha crecido con inmigraciones que generalmente eran bien controladas. De mis apellidos, la rama paterna desciende de alemanes e italianos. Y España también se quiso «purificar» en el pasado expulsando a gitanos, moros y judíos. Los tiempos cambian, pero la realidad y los problemas son repetitivos.
Por eso no sirven de nada los enfrentamientos entre las voces que defienden una idea y las que defienden lo contrario, y debemos trabajar para que podamos ganar para España un mejor futuro. Recordemos los ejemplos que ennoblecen nuestro pasado y alimentemos nuestras obras con humanismo y con sentido práctico. Sigamos el consejo de Blas de Otero: «Ni pesimismo ni optimismo. Realismo. Y la realidad nos abre las puertas».
Antonio Germán. Ingeniero y empresario


Buen toque humanista para recordarnos que nuestro ordenamiento jurídico defiende entre sus principios “el interés superior del menor”, sin distinción dé procedencia, nacionalidad o culto. Y queda claro que ese interés superior pasa por la alimentación, la educación, la sanidad y el cariño también . No llego a comprender las posiciones políticas que defienden otra cosa ensalzando el miedo y el egoísmo.