Desde hace unos años, tengo la certeza de que las palabras tienen más poder que ningún otro proyectil, al menos a este lado del mundo. Si pusiéramos un poquito más de nuestra parte a la hora de escuchar al otro, ni siquiera se iniciarían la mayoría de los conflictos cotidianos. Pero es difícil eso de pararse a escuchar cuando pilotamos entre prisas, casi siempre en modo ataque o en modo huida. De la comprensión empática, eso de ponernos los zapatos del otro un ratito para ver qué tal, ya ni hablamos. Con lo productivo que sería hacer alianzas y construir puentes (a poder ser bidireccionales, que nos conocemos) para facilitarnos la existencia.
De la importancia de escuchar se habló en el VII Curso de Periodismo Especializado de Alcañiz, que se celebró hace unos días y versó sobre salud mental. Fue todo un lujo escuchar a profesionales de la sanidad, la educación y la comunicación conversar sobre cómo contar realidades incómodas como la del suicidio, sobre la importancia de la prevención, el uso de pantallas y la plasticidad del cerebro adolescente, la transferencia social de las investigaciones, la saturación de la sanidad pública, la falsa inocencia del lenguaje, las virtudes y peligros de la inteligencia artificial, del acoso laboral y las condiciones infrahumanas de los corresponsales de guerra, entre otras muchísimas cosas.
En cambio, lo que más me sorprendió fue que, entre tanto y tan interesante, pocos profesionales abrieron sus orejas del todo y esperaron para considerar e interiorizar lo dicho por el otro. Más de uno leyó su PowerPoint hasta el final, sin importar que se les hubiera agotado el tiempo o les estuviesen preguntando por otro tema. Al puro estilo Umbral: «he venido a hablar de mi libro». Y es que estamos tan acostumbrados a defender nuestra versión que se nos olvida escuchar la de los otros. Quizá en esa confluencia de ideas están los cambios que tanto necesitamos.
Se mencionó demasiadas veces el intrusismo, como si no hubiera bastantes «locos» para todos, como si la guerra entre psicólogos, psiquiatras, terapeutas ocupacionales, trabajadores sociales, docentes y coaches tuviese algún tipo de sentido. Hay quien necesita medicación y terapias profesionales, obvio, pero también están los que lidian con el malestar inherente a la vida, y a esos puede bastarles con encontrar un lugar seguro donde hablar, escribir o pintar.
En resumen: habla mejor, escucha más y crea vínculos. Por el bien de todos.
Cristinica Gómez

