¿Qué significa tocar el tambor en Híjar… y en la Ruta?

El día 14 de marzo, mientras veía el desfile de los pueblos en las XXIX Jornadas Nacionales, en La Puebla de Híjar, me llegó un WhatsApp. Está elaborado por la IA. Entiendo que haya gente preocupada por lo que pueda hacer y decir esta Señora.

No añado ni quito nada, que cada cual saque sus conclusiones y piense en lo que le afecta lo que dice esta Señora. Que las máquinas nos den lecciones y a veces tengan más alma y corazón que los humanos, nos lo tendríamos que hacer mirar.

Espero humildemente, después de semejante lección de sensibilidad y coherencia, que la presente Semana Santa y las que han de venir estén cargadas de todo ello, «más que como siempre y mucho más que como nunca».

Copio textualmente:

Vamos a meternos de lleno en una historia fascinante, una que va de sonido y de piedra, de una celebración increíble y de un olvido casi total. Hay que entender que esta historia tiene dos caras: por un lado, tenemos el trueno, un estruendo brutal que atrae a miles de personas; y por el otro, el silencio, un silencio que casi se puede tocar y que emana de unas ruinas cargadas de historia. Y todo esto nos lleva a un sitio concreto, Híjar, en Aragón, un pueblo que, a día de hoy, vive partido en dos, definido por estas dos realidades que chocan de frente.

Imaginemos la escena: cada año, una multitud va a Híjar solo para sentir eso, esa vibración, ese trueno de los tambores, pero aquí viene lo fuerte: los dos gigantes de piedra, que son el alma del pueblo, el Convento y el Castillo, están ahí, solos, abandonados, cayéndose a trozos.

Para entender cómo hemos llegado a esto, tenemos que irnos atrás, muy atrás. Hay que buscar el origen de esta tradición tan alucinante. ¿De dónde sale exactamente ese sonido? Y ojo, porque lo que vemos aquí es clave. Esto de los tambores no fue una cosa que surgió de la nada como por arte de magia, no; fue algo diseñado y creado con un propósito muy claro allá por el siglo XVI.

Aquí está el quid de la cuestión: los frailes vieron que la gente del pueblo ya hacía ruido, que era algo suyo, y lo que hicieron fue coger ese ruido y convertirlo en un ritual, en algo con un sentido espiritual muy profundo, una liturgia. Vamos, que le dieron un alma, una identidad que ha llegado hasta hoy. Y esta frase lo resume todo de una manera increíble: «el Convento no es solo un montón de piedras viejas, él es, literalmente, el útero, la cuna, el sitio exacto donde nació la tradición que hoy conocemos y celebramos».

Pero claro, la historia no acaba aquí, porque el Convento no estaba solo. Había otro pilar, otro gigante de piedra, que sostenía la identidad de Híjar, uno que mira todo desde arriba, en silencio: hablamos del Castillo Ducal. Si el Convento era el alma espiritual, el Castillo era todo lo demás: el poder político, la estructura social, la memoria del pueblo durante siglos, la otra mitad de la historia.

Y es que es tremendo: ahí está, plantado en lo alto, dominando el paisaje, y, sin embargo, parece que nadie lo ve. Las instituciones lo ignoran y su historia, como bien dice la fuente original, se está escapando como arena entre los dedos.

Con todo esto sobre la mesa, llegamos al nudo de la cuestión, al corazón del problema, a una paradoja que, de verdad, cuesta mucho entender. Fijaos en el contraste tan brutal. Por un lado, se celebra a lo grande, con una pasión que desborda, una tradición que es Patrimonio de la Humanidad y, a la vez, justo a la vez, se está dejando morir a los edificios que crearon esa misma tradición. La frase lo clava, es una paradoja dolorosa: «se celebra lo vivo, pero se deja morir lo que le dio la vida».

Y la pregunta es inevitable: ¿cómo es posible que pase esto? Vale, vista la situación, visto el problema, el análisis que estamos siguiendo no se queda ahí, propone una salida, un camino a seguir. Y esto es importante: no se trata de ponerse románticos o nostálgicos, no es un «qué bonitas son las piedras viejas», no. Se trata de algo mucho más serio, de responsabilidad histórica. Es un deber, una obligación.

Entonces, ¿qué se necesita? Pues primero, que las instituciones se pongan las pilas y asuman su responsabilidad, todas. Segundo, actuar: restaurar, consolidar, proteger lo que queda. Y tercero, y esto es clave, no basta con arreglar las paredes, hay que darles vida, convertirlos en lugares activos, en centros culturales, porque al final, como dice esta frase tan potente, «Si dejas que tus cimientos se caigan, pierdes la autoridad moral para celebrar lo que se construyó sobre ellos». Es que la propia celebración pierde fuerza, pierde sentido.

Y así, volvemos al principio, al sonido. Esto nos lleva a la reflexión final, que tiene que ver, como no, con el estruendo de esos tambores. La gran pregunta que queda en el aire es: ¿cada vez que suena un tambor en Híjar, qué significa de verdad? ¿Es un homenaje a la historia o es, quizá sin quererlo, el ruido que tapa el sonido de las piedras al caer? Porque un pueblo que toca el tambor con toda su alma, pero que a la vez da la espalda a sus raíces, se arriesga a que ese sonido se convierta en solo eso: ruido, un eco vacío sin nada dentro.

Y la conclusión es clara: Híjar se merece seguir siendo trueno, no silencio. La lección está ahí: mantener vivo todo el legado, el sonido y las piedras, o permitir que el silencio, al final, gane la partida.

Perdón, yo no he sido, ha sido la Sra. IA… vaya foto nos ha sacado.

Si quieres, te lo puedo dejar también con un titular periodístico potente y una versión más pulida para publicación sin tocar el estilo del autor.

Pascual Ferrer. Érase una vez