Hay luces que tienen un significado especial. Son las que, al caer la noche, iluminan las ventanas de nuestros pueblos. Detrás de cada una hay una vida, una familia, una historia. Está la cocina donde nuestros padres nos esperaban, la casa de los abuelos, las conversaciones que parecían no terminar nunca y los recuerdos que nos acompañarán siempre. Quienes tenemos un pueblo sabemos que hay lugares de los que uno puede marcharse, pero a los que nunca deja de pertenecer.

Sin embargo, cada año, cuando termina el verano, muchas de esas luces vuelven a apagarse. Se cierran las casas, se marchan los hijos y los nietos, las plazas pierden sus voces y las calles recuperan un silencio que cuesta aceptar. Hace apenas unas semanas todo era alegría: fiestas, abrazos, reencuentros, niños corriendo y noches interminables a la fresca. Nuestros pueblos volvían a latir. Parecía que la vida había regresado para quedarse, pero las despedidas vuelven a recordarnos una realidad que no podemos ignorar.

Y es entonces cuando surge una pregunta: ¿qué será de nuestros pueblos si algún día ya no queda nadie para encender sus luces?

Perder un pueblo es mucho más que perder habitantes. Es perder una escuela, una tienda, una conversación en la plaza, el saludo de un vecino. Es ver cómo una casa llena de recuerdos se queda sin nadie que abra sus puertas. Es comprobar que una parte de nuestra historia puede desaparecer sin que apenas nos demos cuenta. Y eso no debería dejarnos indiferentes.

Nuestros pueblos de Teruel no son lugares del pasado ni escenarios para las vacaciones. Son hogares, identidad, cultura y futuro. Necesitan servicios sanitarios y educativos, transporte, vivienda, comunicaciones y empleo. Necesitan que los jóvenes puedan quedarse, que las familias encuentren oportunidades y que quienes se marcharon puedan regresar. No pedimos privilegios, pedimos algo tan justo como poder vivir y construir un proyecto de vida en el lugar que hemos elegido.

Y hay razones para la esperanza. Están en quienes cada mañana abren sus negocios, trabajan la tierra, cuidan de sus vecinos, emprenden y mantienen vivas las tradiciones. En quienes, a pesar de las dificultades, siguen creyendo en su pueblo. Ellos son la prueba de que todavía hay futuro, pero no podemos dejar sobre sus hombros toda la responsabilidad. Necesitan apoyo, compromiso y oportunidades.

Tampoco nosotros podemos conformarnos con regresar en agosto, disfrutar de las fiestas y marcharnos hasta el año siguiente. Mantener vivos nuestros pueblos también significa estar cerca durante el invierno, apoyar a quienes permanecen, visitar a nuestros mayores y exigir que tengan los servicios que merecen.

Imaginemos un próximo octubre diferente. Con ventanas encendidas, plazas con voces, niños en las calles y familias que han encontrado allí su hogar. No es un sueño imposible. Es el futuro que debemos construir entre todos.

Y cuando termines de leer este artículo, piensa en tu pueblo. En aquella casa donde creciste, en tus padres, en tus abuelos, en ese vecino que siempre tiene una palabra amable. Si hace tiempo que no llamas, hazlo. Si hace tiempo que no vuelves, busca el momento. Quizá alguien esté esperando tu voz, tu visita o simplemente saber que no te has olvidado.

Porque nuestros pueblos no necesitan solamente que los recordemos. Necesitan que estemos presentes, que apostemos por ellos y que no les demos la espalda cuando llega el invierno.

No permitamos que nuestros hijos y nuestros nietos tengan que conformarse con conocer nuestros pueblos a través de fotografías. Que puedan recorrer sus calles, escuchar sus campanas, llenar sus plazas y tener allí sus propios recuerdos. Que siempre haya una puerta abierta, alguien que espere y una luz encendida al caer la noche.

Porque un pueblo no es solamente el lugar donde nacimos. Es también el lugar donde queremos que siga naciendo la vida. Y mientras haya alguien dispuesto a quedarse, alguien que quiera regresar y alguien que no haya dejado de creer, todavía estaremos a tiempo. Que nunca se apaguen las luces de nuestros pueblos.

José Miguel Sánchez. Director general de Cámara de Comercio de Zaragoza