La encina (Quercus ilex) es uno de los árboles más comunes y emblemáticos de la Península Ibérica, y abunda en buena parte de ella, siendo el Valle del Ebro uno de los pocos sitios donde no es habitual verla en estado natural. No es una especie frecuente, por estos pagos bajoragoneses, pero eso no quiere decir que no existan ejemplares dignos de reseñarse. Aquí, en Aragón, la llamamos carrasca y en Caspe hay algunos ejemplares, escasos, pero reseñables y grandes. Algo más al norte, en un lugar de la provincia de Huesca llamado Lecina, en el municipio de Bárcabo, en el Sobrarbe, una carrasca se ha hecho famosa en relativamente poco tiempo y ha sido proclamada «Árbol Europeo del Año».

Lecina rima con encina. Los topónimos no suelen darse por casualidad y este nombre, con ligeras variantes, bautiza otros pueblos de la geografía aragonesa, como Encinacorba, ya en tierras zaragozanas. Esto nos muestra lo importantes que son estos hitos vivos en nuestro paisaje y en nuestro paisanaje y hasta qué punto han venido determinando la vida de los habitantes de los pueblos. Me hace feliz esta denominación. No solo por los habitantes de la localidad oscense, sino por el creciente interés del gran público por algo que las últimas décadas ha sido bastante ignorado por un algo porcentaje de humanos: el respeto a la Vida, al medio y a esos testigos de los siglos que son los árboles como éste.

A mí me sobrecoge meterme en un bosque, o ver un árbol centenario. No sólo por su aspecto, tan imitado por la arquitectura de las catedrales y por arquitectos como Gaudí; también por su longevidad. Me fascina sobremanera pensar que antes de que los españoles fuésemos a establecernos en las Américas algunos de estos gigantes de madera y hojas ya estaban ahí y posiblemente lo sigan estando algunos siglos después de que hayamos desaparecido.

Me parece conmovedor pensar toda la vida que puede llegar a albergar un solo gran árbol, que casi se convierte en un bosque en miniatura. No olvidemos que los árboles son al bosque lo que la casa a la ciudad. Uno solo de ellos, en el sentido de su autosuficiencia, es como esas casas sustentables que se autoabastecen a sí mismas y de las que hablan los arquitectos ahora. Millones de hojas, miles de bellotas, en el caso de la carrasca, comunidades de insectos e invertebrados; pequeños reptiles, mamíferos y aves que se refugian entre su tronco y sus ramas, se alimentan de sus frutos y nacen y crecen sobre ella.
Sólo pensar en eso ya me parece un milagro: por eso lamento, como Ideafix, cada vez que un árbol desaparece. Recuerdo cuando tenía unos cuatro o cinco años y la motopala arrancó la higuera de mi tío Silverio, vecino nuestro en el campo, para entubar la acequia. Era por la tarde y lloré sin consuelo. Mi madre y mi abuela me consolaron, pero aún así fue algo casi traumático, al menos durante aquella jornada. No como entonces, pero sí que me causa pena cuando se arrambla con estos seres vivos que tardan tanto en crecer y tan poco en ser derribados por cualquier avatar, natural o antrópico.

Por ello celebro esta noticia tan amable y esperanzadora en estos tiempos que como casi siempre, son cuando menos, de color gris oscuro. Ojalá cunda el ejemplo, y más árboles singulares, y más bosques y parajes naturales, sean valorados como se merecen. Y ojalá alguna vez se pueda cumplir un sueño que reivindico desde hace años y que es tener un Jardín Botánico en esta tierra, como centro de investigación y desarrollo agrícola, farmacéutico, cosmético e industrial. Créanme que el tema va mucho más allá de plantar unos cuantos árboles y tiene muchísimo que ver con nuestra supervivencia como especie. Feliz semana y a más ver, amigos.

Álvaro Clavero